–Mi
señora, el caballero Don Luis de la Causajusta le espera en el salón.
(Hondo suspiro resignado de la dama).
–Ve a entretenerlo con tus encantadoras
historias que tanto le admiran, y dile que me demoro. Quiero escribir una
carta.
Unas horas después,
–Don Luis me ha obsequiado polvo de
cacao de las Indias, dice que es bueno para el ánimo y ayuda al descanso, pero
debe endulzarse con azúcar y leche para el amor. Prepara dos buenas tazas,
tenemos mucho que hablar.
–Sabes
bien que mi padre quiere casarme con Don Álvaro, repugnante señor de oro, minas
de plata y de lo que se te ocurra, aspirante a yerno de un Grande de España.
Porque no quiero obedecer, es que he aceptado que Don Luis me corteje. No es
que me agrade. Al menos no me desagrada. A ojos de mi padre le faltan oros e
importancia en las Cortes. Yo le encuentro aburrido, pero tú mueres por él, y
él, sin saberlo, por ti.
–No, no, no digas nada, ni pongas esa
expresión compungida. Tengo mejores ideas que casarme con él de tapadilla y
permitir que sigas a mi servicio para verte convertida en su manceba. No te
apures. Pero sólo a ti –y de a uno por día - te iré contando los pasos que
hemos de dar. Ni el futuro debe enterarse antes de que lleguemos a él.
–Toma la bolsa con doblones y esta
carta, llama a Zacarías, que enganche los caballos y te lleve a Cádiz; entrega ambas
cosas a Fray Silvestre. Vuelve cuanto antes.
Parte Azofaifa con el recado, y Doña
Elvira envía un billete perfumado a Don Luis, solicitando su presencia.
Ha marchado Don Luis esperanzado e
inquieto a un tiempo por las últimas y misteriosas palabras de Doña Elvira:
«Venced, y al levantar el velo de la novia recibiréis mi premio»
¿Y Doña Elvira? Ella se dirige bailando
y cantando a las habitaciones de su padre. Se diría que ríe:
«–Don Juan de
las calzas blancas,
¿Cuántos
panes hay en el horno?
–Veinticinco
y un quemado
–¿Quién
lo quemó?
¡Este
pícaro ladrón!»
Ni tan siquiera Azofaifa conoce el gran
secreto que guarda en su corazón.
Es hora de pasar su pañuelito manchado
de cacao bajo los ojos, tomar una actitud humilde y algo llorosa y golpear a
las puertas del Grande de España:
–Es todo lo que pido, padre. Me
entregáis a un hombre que desprecio, madre ha muerto y ya no podrá enjugar mis
lágrimas. Dejadme ir solo con mi Dueña en el carruaje. Aguardadme al pie del
altar. Solo mi velo será tan negro como mi pena.
Y comienza a sollozar.
El mismo Don Ginés está conmovido,
aunque no tanto como para volverse atrás. Accede al pedido de su hija con un
movimiento de cabeza por temor a que le tiemble la voz.
Al caer la noche, la sombra de un fraile
mendicante se desliza hacia los barrios bajos en busca de un catre.
Ha vuelto Azofaifa con palabras que
repetir al oído.
–Será el domingo ante el Abad. Ayúdame.
No llores, no digas nada. Muda hasta la bendición, serás una columna vestida de
seda al costado del altar.
Mientras caballos enjaezados llevan el
coche de la novia golpeando con orgullo el empedrado, un jinete cabalga
presuroso hacia el puerto.
De dentro del carruaje, la mano
enguantada de Don Luis se tiende en ayuda a la novia.
Al llegar la doncella al altar, se
muestra Don Luis y reclama
–¡Entregádmela a mí, Don Ginés! ¡Que
despose a quien la ama!
Don Álvaro:
–¡Traidor!
Don Ginés:
–¿Qué es aquesto?
Don Luis a Don Álvaro:
–¡Desenvaina, bellaco!
El Abad:
–¡No en la casa del Señor! Al camposanto
a pelear. Que yo mesmo cavaré la fosa del que caerá.
Sale también Don Ginés, da sus lentes al
Abad
–Guardadlos, dice, he de salvar el
honor.
Silban las tres espadas. Una entorpece
el duelo contra todos, contra el aire. Sangran brazo y pecho de Don Álvaro que
huyendo, gritando va:
–¡Socorro! ¡Muerto soy!
La novia, para sí, recita:
–«Hombres necios….»
Ante el altar Don Luis pide:
–¡Buen Abad, bendícenos!
Y don Ginés:
–Mis quevedos, por favor.
Por fin se levanta el velo, y al unísono
los tres:
–¡Azofaifa!
–Y mi hija, ¿dónde está?
***
Con
buen viento, a toda vela, el bergantín suelta amarras.
Don Ginés, desalado llega:
–¡Que vuelva a puerto ese barco, que
tornen hacia aquí las velas!¡Por Dios, os lo pido que llevan a mi hija en rapto!
Ya se acerca fray Silvestre, copa de
anís en la mano, va tomándole del brazo y suavemente parlando:
–Vamos, vamos, Don Ginés, ¿no es vuesa
señoría uno entre Grandes de España? Beba este anís y no grite que yo mesmo
aquí bendije los desposorios de la joven doña Elvira con don Francisco
Olivares, quien, en el novísimo mundo, dueño de muy buenas tierras es.
Sembradíos de cacao, viñas, café, algún ganado, todo eso conocerá vuecencia
cuando haya perdonado, que la moza va preñada y más no se pudo hacer.