GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Contra mi voluntad



Me tendieron una emboscada. Ocultos en las nieblas del amanecer estaban mi padre, mi hermano y mi tío. Me subieron a un carruaje. No se me permitió llevar nada más que lo que vestía en ese momento.

Me dijeron que había desobedecido, que ahora tenía que rectificar. Pasé dos semanas en una habitación de la casona de mi hermana Catalina. Una criada que no me tenía ninguna simpatía desde el día que le dije que era la persona más vieja y fea del mundo, era la encargada de llevarme los alimentos.

Y aunque intenté robarle las llaves del bolsillo, Mencía era más astuta de lo que imaginaba.

Unos días después me llevaron al Monasterio de Santa Paula. En Sevilla, para una joven de buena posición, era el convento de mejor renombre.

Los hombres de mi familia organizaron todo cuando apenas cumplía 16 años. El motivo era que amaba al príncipe Rodrigo, un joven y guapo espadachín de estocada certera.

La oposición podía haber venido de los reyes, ya que un príncipe estaba obligado a casarse con alguien de sangre real. Pero yo no era hija de artesanos ni de comerciantes, mi familia era noble y no pensaba que pudieran considerar inadmisible el enlace.

Que mi familia se opusiera a mi matrimonio con el príncipe heredero parecía más extraño aún, porque casarse con un personaje de tal importancia entrañaba una excepcional mejora en la posición social. Sólo podían existir razones poderosas para impedirlo. Había algo que no le convenía a Don Gaspar, mi astuto padre.

Me enteré que mis padres decían que habían prometido dedicar su segunda hija mujer a la vida religiosa, y consideraban el matrimonio contrario a la voluntad divina.

Sin embargo, la verdad era bien distinta.

Eran tiempos en los que demostrar ascendencia cristiana vieja, era esencial. Supe por Catalina que existía un secreto familiar relacionado con antepasados judíos conversos, y mi familia temía que una indagación de la familia real descubriera ese pasado.

Ella era la única que me venía a ver, ni siquiera mi madre se atrevía a desobedecer a Don Gaspar.

Yo pasaba horas en las galerías del claustro, rezando, soñando, recordando nuestras conversaciones con Rodrigo. Hasta ese momento no había pensado lo hermoso que sería ser amada por un hombre. Por primera vez en mi vida, deseé.

Estaba segura de que él vendría a buscarme, estaba segura… Pero me equivocaba. ¡Quién sabe lo que le habrían dicho! Tal vez le habrían asegurado que le había olvidado.

Él seguiría aprendiendo historia, política, gobierno con sus preceptores, practicaría esgrima, equitación, pero también la danza, tan necesaria en la etiqueta cortesana. Asistiría a misa, como lo hacía yo, aunque no en la misma capilla en la que podríamos haber rezado juntos.

La corte era su espacio. Allí los nobles lo predispondrían a su favor, negociarían, intentarían que recordara sus nombres cuando subiera al trono. Pronto aprendería que cada palabra tiene consecuencias. Arropado entre sedas y terciopelos, cada mano ofrecida tiene un precio, cada camino abierto es un obstáculo a su libertad. Estaría rodeado de solemnidades, ceremonias, ritos, pompas, reverencias.

¿Añoraría nuestra amistad sincera? Sabía que amaba una conversación inteligente mucho más que un brioso corcel. ¿Lograrían cambiar sus sentimientos, sus dudas?

Su vida estaba escrita por otros mucho antes de que pudiera imaginarla él mismo. Rodeado de criados, maestros y riquezas, era un joven con privilegios. Pero no simplemente eso, además era un futuro rey, una promesa de paz y bienestar para su pueblo, una herramienta para sellar alianzas a través del matrimonio.

Se casará el día de San Juan. Sé que yo no podría casarme con un hombre sin amarlo. ¿Me habrá olvidado ya?

Tardó justo un año en elegir una moza y casarse rodeado de toda la ciudad. En las fiestas palaciegas conoció a la elegida. Su matrimonio era cuestión de Estado, la unión se había negociado durante años entre embajadores y consejeros.

Nada he sabido de él desde entonces, nada que no sean los comentarios que hasta aquí llegan. Ya no me queda nada por lo que vivir. Moriré de tristeza.

En mi mundo, el amor suele enfrentarse menos a la falta de sentimientos que a las rígidas leyes del honor, la sangre y las apariencias.

Durante muchos años tuve resentimiento. No hacia Dios, sino hacia quienes resolvieron mi vida. Me quitaron la posibilidad de escoger. Los años fueron pasando. Murieron mis padres, mi hermana, otras monjas.

Envejecí en estas galerías, junto a aquellas niñas que entraban llorando. Y entendí que nadie vive la vida que soñó. Algunas quedaron encerradas tras estos muros, otras en matrimonios sin amor, otras en palacios donde las sonrisas sólo eran máscaras.

Os preguntáis si fui feliz. No lo sé. Fui joven y fui vieja. Fui creyente y una atea rebelde. Fui hija, hermana, monja. Amé mis momentos de soledad y las risas con mis compañeras, los rayos de sol que avivaban el claustro en invierno, el canto de las vísperas y el perfume de los naranjos después de la lluvia.

Pero la muerte se acerca y una pregunta me ronda cada noche: ¿quién habría sido yo si me hubieran dejado vivir mi vida?

Mi queja no brota por no haber sido princesa, esposa, madre. Lamento no haber conocido a la mujer que podría haber llegado a ser.

Pronto compareceré ante Dios. Tal vez Él, que conoce todos los caminos, me muestre también aquel que nunca me permitieron recorrer.