Me
tendieron una emboscada. Ocultos en las nieblas del amanecer estaban mi padre,
mi hermano y mi tío. Me subieron a un carruaje. No se me permitió llevar nada
más que lo que vestía en ese momento.
Me dijeron que había desobedecido, que
ahora tenía que rectificar. Pasé dos semanas en una habitación de la casona de
mi hermana Catalina. Una criada que no me tenía ninguna simpatía desde el día
que le dije que era la persona más vieja y fea del mundo, era la encargada de
llevarme los alimentos.
Y aunque intenté robarle las llaves del
bolsillo, Mencía era más astuta de lo que imaginaba.
Unos días después me llevaron al
Monasterio de Santa Paula. En Sevilla, para una joven de buena posición, era el
convento de mejor renombre.
Los hombres de mi familia organizaron
todo cuando apenas cumplía 16 años. El motivo era que amaba al príncipe
Rodrigo, un joven y guapo espadachín de estocada certera.
La oposición podía haber venido de los
reyes, ya que un príncipe estaba obligado a casarse con alguien de sangre real.
Pero yo no era hija de artesanos ni de comerciantes, mi familia era noble y no
pensaba que pudieran considerar inadmisible el enlace.
Que mi familia se opusiera a mi
matrimonio con el príncipe heredero parecía más extraño aún, porque casarse con
un personaje de tal importancia entrañaba una excepcional mejora en la posición
social. Sólo podían existir razones poderosas para impedirlo. Había algo que no
le convenía a Don Gaspar, mi astuto padre.
Me enteré que mis padres decían que
habían prometido dedicar su segunda hija mujer a la vida religiosa, y
consideraban el matrimonio contrario a la voluntad divina.
Sin embargo, la verdad era bien
distinta.
Eran tiempos en los que demostrar
ascendencia cristiana vieja, era esencial. Supe por Catalina que existía un
secreto familiar relacionado con antepasados judíos conversos, y mi familia
temía que una indagación de la familia real descubriera ese pasado.
Ella era la única que me venía a ver, ni
siquiera mi madre se atrevía a desobedecer a Don Gaspar.
Yo pasaba horas en las galerías del
claustro, rezando, soñando, recordando nuestras conversaciones con Rodrigo.
Hasta ese momento no había pensado lo hermoso que sería ser amada por un
hombre. Por primera vez en mi vida, deseé.
Estaba segura de que él vendría a
buscarme, estaba segura… Pero me equivocaba. ¡Quién sabe lo que le habrían
dicho! Tal vez le habrían asegurado que le había olvidado.
Él seguiría aprendiendo historia,
política, gobierno con sus preceptores, practicaría esgrima, equitación, pero
también la danza, tan necesaria en la etiqueta cortesana. Asistiría a misa,
como lo hacía yo, aunque no en la misma capilla en la que podríamos haber
rezado juntos.
La corte era su espacio. Allí los nobles
lo predispondrían a su favor, negociarían, intentarían que recordara sus
nombres cuando subiera al trono. Pronto aprendería que cada palabra tiene
consecuencias. Arropado entre sedas y terciopelos, cada mano ofrecida tiene un
precio, cada camino abierto es un obstáculo a su libertad. Estaría rodeado de
solemnidades, ceremonias, ritos, pompas, reverencias.
¿Añoraría nuestra amistad sincera? Sabía
que amaba una conversación inteligente mucho más que un brioso corcel. ¿Lograrían
cambiar sus sentimientos, sus dudas?
Su vida estaba escrita por otros mucho
antes de que pudiera imaginarla él mismo. Rodeado de criados, maestros y
riquezas, era un joven con privilegios. Pero no simplemente eso, además era un
futuro rey, una promesa de paz y bienestar para su pueblo, una herramienta para
sellar alianzas a través del matrimonio.
Se casará el día de San Juan. Sé que yo
no podría casarme con un hombre sin amarlo. ¿Me habrá olvidado ya?
Tardó justo un año en elegir una moza y
casarse rodeado de toda la ciudad. En las fiestas palaciegas conoció a la
elegida. Su matrimonio era cuestión de Estado, la unión se había negociado
durante años entre embajadores y consejeros.
Nada he sabido de él desde entonces,
nada que no sean los comentarios que hasta aquí llegan. Ya no me queda nada por
lo que vivir. Moriré de tristeza.
En mi mundo, el amor suele enfrentarse
menos a la falta de sentimientos que a las rígidas leyes del honor, la sangre y
las apariencias.
Durante muchos años tuve resentimiento.
No hacia Dios, sino hacia quienes resolvieron mi vida. Me quitaron la
posibilidad de escoger. Los años fueron pasando. Murieron mis padres, mi
hermana, otras monjas.
Envejecí en estas galerías, junto a
aquellas niñas que entraban llorando. Y entendí que nadie vive la vida que
soñó. Algunas quedaron encerradas tras estos muros, otras en matrimonios sin
amor, otras en palacios donde las sonrisas sólo eran máscaras.
Os preguntáis si fui feliz. No lo sé.
Fui joven y fui vieja. Fui creyente y una atea rebelde. Fui hija, hermana,
monja. Amé mis momentos de soledad y las risas con mis compañeras, los rayos de
sol que avivaban el claustro en invierno, el canto de las vísperas y el perfume
de los naranjos después de la lluvia.
Pero la muerte se acerca y una pregunta
me ronda cada noche: ¿quién habría sido yo si me hubieran dejado vivir mi vida?
Mi queja no brota por no haber sido
princesa, esposa, madre. Lamento no haber conocido a la mujer que podría haber
llegado a ser.
Pronto compareceré ante Dios. Tal vez
Él, que conoce todos los caminos, me muestre también aquel que nunca me
permitieron recorrer.