LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN | Marifelita

  ¡¡Saludos Tinteros!! Inaugurando la sección ¡Qué te cuentas! de la nueva temporada de El Tintero de Oro, nuestra compañera Marifelita ha venido para hablarnos de un proyecto que actualmente tiene entre manos. El libro en cuestión se llama «Los nombres escritos al margen», acompañándola en esta aventura un buen puñado de artistas de la tinta. Dinos, Marifelita, ¿qué te cuentas?     PROYECTO: LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN   Todo empezó el año pasado, al invitarme una amiga a participar en un reto literario de DIVERSIDAD LITERARIA . No conocía su web y descubrí sus retos literarios de distintos tipos, estilos, extensiones y categorías durante todo el año. Los retos pueden ser tanto de poesía como de relatos y se publica una Antología en papel al finalizar el concurso con los escogidos como más destacados por la editorial. Participé en su concurso «Susurros desde el caldero» con un relato de fantasía y aunque finalmente no quedó incluido en la Antología que publ...

Deseo bajo el tablado

 


–¿Dónde está Mencía? ¡Estamos por iniciar!

Baltasar de Prado, el autor de comedias, se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del pueblo llano que se encuentran en el patio.

Pasan unos minutos antes de que haga su aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.

–¿Pero por qué tardas tanto, mujer?

–¡Pardiez, que no es mi culpa! –replica ella, acomodándose el jubón–. El culpable es el mozo, que se ha demorado en fijar mis calzas. Es un alfeñique, le falta fuerza.

–¡Todos en posición! ¡Música!

Detrás del paño que separa el escenario de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y las miradas se clavan en el escenario, aún vacío, del Corral de la Cruz.

Termina la música y sale Mencía, interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.

Hombres y mujeres enmudecen mientras miran fascinados el jubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.

En lo alto, desde su aposento privado y alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas, expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras, lejos de su mujer.

Debajo de los soportales del patio, otro hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el pliego de censura de la Inquisición.

La obra avanza hacia su final: Mateo desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público. Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía, tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece. También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud al fraile. Ya no está.

Músicos y actores salen y bailan con energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño. El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unos reales de plata.

–Hay un caballero adentro. ¡Trátalo bien! –le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.

–¡Te exijo que dejes el teatro para siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! –le dice su amante, Álvaro de Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.

Antes de que ella conteste, irrumpe fray Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta impedirle el paso.

–¡Esto es intolerable! –dice el religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía–. Me gustaría saber qué pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.

–Vuestra reverencia, le ruego reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro –suplica Baltasar.

–¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!

Don Álvaro titubea, lanza una mirada de preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con Baltasar, que tiene el rostro desencajado.

–¿Qué desea vuestra merced? –pregunta Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.

–Sabes que puedo enterrarte en vida en los calabozos de la Inquisición.

–No hacemos nada malo.

–Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.

Mencía obedece extrañada.

–Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?

–Mateo

–Ven, acércate, «Mateo». Mencía se acerca. El fraile la mira embelesado–. Dame un beso en la boca.

–Pero… padre…

–¡Si no lo haces te mandaré a la hoguera!

Mencía acerca sus labios a los del fraile y en el último momento gira hacia su oreja.

–¡Es usted un hipócrita y arderá en el fuego eterno!

–¡Bruja! ¡Súcubo del infierno!

–Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios y su juicio no puede esconderse.

El fraile se achica, se derrumba y llora mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse de Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.

 

Nota: En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral. Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.