–¿Dónde
está Mencía? ¡Estamos por iniciar!
Baltasar de Prado, el autor de comedias,
se jala los escasos pelos que tiene en la cabeza. Del otro lado se oye el
murmullo impaciente del público, en especial de los «mosqueteros», hombres del
pueblo llano que se encuentran en el patio.
Pasan unos minutos antes de que haga su
aparición la actriz Mencía Bermejo, disfrazada de hombre.
–¿Pero por qué tardas tanto, mujer?
–¡Pardiez, que no es mi culpa! –replica
ella, acomodándose el jubón–. El culpable es el mozo, que se ha demorado en
fijar mis calzas. Es un alfeñique, le falta fuerza.
–¡Todos en posición! ¡Música!
Detrás del paño que separa el escenario
de los vestuarios, un trío toca con guitarras y panderos. El ruido decrece y
las miradas se clavan en el escenario, aún vacío, del Corral de la Cruz.
Termina la música y sale Mencía,
interpretando al joven hidalgo Mateo Cortés.
Hombres y mujeres enmudecen mientras
miran fascinados el jubón ajustado y las calzas ceñidas que revelan la preciosa
forma de sus piernas. Lleva una capa corta algo raída y un sombrero que ha
conocido mejores épocas adornado con una pluma vistosa. El público sabe que se
trata de Mencía Bermejo y rompe el silencio con una ovación.
En lo alto, desde su aposento privado y
alejado de la chusma, don Álvaro de Lebrija observa como ave de presa al hidalgo
de mentira. Su mirada no puede despegarse de sus bien torneadas piernas,
expuestas tan groseramente al vulgo. Con los puños crispados, decide poner fin
a este sinsentido. El lugar de Mencía está junto a él. Claro, en las sombras,
lejos de su mujer.
Debajo de los soportales del patio, otro
hombre la mira. Se trata de fray Antonio de Sotomayor. Siente que la tierra se
abre bajo sus pies. Afiebrado y sudoroso, se esfuerza por expulsar los
pensamientos pecaminosos que le causa ver a Mencía como un joven hidalgo. Con
una mano aprieta con fuerza el rosario de madera y con la otra estruja el
pliego de censura de la Inquisición.
La obra avanza hacia su final: Mateo
desafía a duelo al asesino de su hermano y, aunque le vence, también recibe una
escandalosa estocada en el pecho que arranca el rugido entusiasta del público.
Al auscultarlo un médico, se percata de que, en realidad, es mujer. Mencía,
tirada en el piso, observa cómo Álvaro se levanta de su silla y desaparece.
También ha visto a un fraile con un ominoso documento en la mano. En su papel
de Mateo, recita los últimos versos. Recuperada de la herida, y descubierta su
verdadera personalidad, acepta casarse y renuncia a volver a usar atuendo
masculino para restaurar el orden. Los «mosqueteros» enloquecen, las mujeres
del pueblo lloran, la nobleza aplaude a rabiar. Mencía busca entre la multitud
al fraile. Ya no está.
Músicos y actores salen y bailan con
energía; contagiando al público. En medio del alboroto, Mencía cruza el paño.
El ruido de la fiesta se amortigua. El ambiente se siente caldeado y huele a
sudor. Con el corazón a mil por hora, cruza los maltrechos pasillos rumbo a su
vestuario mientras se despoja del sombrero de plumas. Le sale al paso Baltasar
y le saca un susto. Entre sus dedos brillan unos reales de plata.
–Hay un caballero adentro. ¡Trátalo
bien! –le dice con mirada codiciosa. Mencía contiene el aliento y abre la
puerta sabiendo de antemano a quién encontrará.
–¡Te exijo que dejes el teatro para
siempre! No lo voy a tolerar. ¡Mírate, por Dios! –le dice su amante, Álvaro de
Lebrija, señalando con desprecio las calzas reveladoras.
Antes de que ella conteste, irrumpe fray
Antonio, seguido de cerca por Baltasar, que balbucea excusas e intenta
impedirle el paso.
–¡Esto es intolerable! –dice el
religioso con la mirada fija en las piernas de Mencía–. Me gustaría saber qué
pensará el Comisario de la Insquisición cuando le hable de esta asquerosidad.
–Vuestra reverencia, le ruego
reconsidere. Esto es tan solo una inocente obra de teatro –suplica Baltasar.
–¡Pecador! ¡Los mandaré a prisión a
todos! ¡Déjenme solo con esta mujer!
Don Álvaro titubea, lanza una mirada de
preocupación hacia Mencía, pero ella no pide auxilio. Al final sale junto con
Baltasar, que tiene el rostro desencajado.
–¿Qué desea vuestra merced? –pregunta
Mencía. De forma extraña, vestida como un hidalgo, no siente temor.
–Sabes que puedo enterrarte en vida en
los calabozos de la Inquisición.
–No hacemos nada malo.
–Calla. Vuelve a ponerte el sombrero.
Mencía obedece extrañada.
–Sí, así. ¿Tu personaje, cómo se llama?
–Mateo
–Ven, acércate, «Mateo». Mencía se
acerca. El fraile la mira embelesado–. Dame un beso en la boca.
–Pero… padre…
–¡Si no lo haces te mandaré a la
hoguera!
Mencía acerca sus labios a los del
fraile y en el último momento gira hacia su oreja.
–¡Es usted un hipócrita y arderá en el
fuego eterno!
–¡Bruja! ¡Súcubo del infierno!
–Podrá engañar a todos, Padre, pero de Dios
y su juicio no puede esconderse.
El fraile se achica, se derrumba y llora
mientras estruja el rosario. Mencía aprovecha y, por una puerta alterna, escapa
hacia la noche de Madrid. Aceptará la propuesta de un amigo de viajar con él a
las Indias. Ni siquiera regresará al cuartucho por sus cosas. Necesita alejarse
de Álvaro y de ese fraile loco. Quizá allá pueda empezar de nuevo.
Nota:
En el contexto de los corrales de comedias del Siglo de Oro, el autor de
comedias no era el escritor del texto, sino el director de la compañía teatral.
Él asumía el rol de director de escena, productor y empresario del espectáculo.