GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

El pajarillo enjaulado

 


Una rata huidiza deambulaba entre las mesas de la taberna del Turco. Se acercó a un rincón en penumbra donde dos hombres conversaban. El más aguerrido la apartó de un puntapié.

–El viejo se muere –dijo el otro, perilla de chivo y anteojos haciendo equilibrios sobre la nariz–. Un día lo admiré, luego lo odié y ahora no puedo más que apiadarme.

–No hay tan triste final como consumirse de pena.

–Ni injusticia mayor que la vida misma.

–Supongo, don Francisco, que no me habéis hecho venir para llorar a un dramaturgo.

–En cierto modo sí, Diego. ¿Os dice algo el nombre de Antonia Clara?

–¿La hija secuestrada de Lope?

–La muchacha se fugó con su galán por voluntad propia. ¡Envidio la pasión de los diecisiete! Era su niña predilecta.

–Le auguro un desengaño rápido.

–Se dice que el pájaro ya se ha cansado de ella, pero aun así la mantiene retenida. Claro que, ¿dónde iba a ir tras semejante deshonra? Cristóbal Tenorio se llama –le tendió un pliego–. Aquí tenéis información de como encontrarla y a quién la debéis entregar. La conducirán a casa, Dios quiera que a tiempo para despedir a su padre.

Diego Alatriste tomó el papel, receloso.

–Se os pagará bien.

–No seré yo, amigo mío, quien desconfíe de don Francisco de Quevedo.

 

La habitación se hallaba en penumbra, hasta que una muchacha de cabello bermejo entró portando una vela. Una mano le cubrió la boca.

–No gritéis, Clara. Soy vuestro aliado.

El desconocido la liberó de su presa.

–Dadme un motivo para no hacerlo.

–¿Lo sería rendir el último adiós a vuestro padre?

Bajó la mirada, una lágrima pareció bailotear tras sus pupilas.

–Para mi padre, estoy muerta.

–Diría que a punto estáis de morir para otro.

–¡Necio! Yo lo amo, y él…

–No soy quién para enmendar vuestros errores. Cubríos, la noche es fresca.

Clara intentó protestar, pero al momento unos pasos resonaron por la escalera. Alatriste la estrechó contra sí y, sin vacilar, se arrojó con ella en brazos por la ventana.

 

–¡Mentecato!

–¡Por todos los infiernos! Deduzco que ha sido un rescate arduo, capitán –el hombre esbozó una sonrisa condescendiente y le lanzó una bolsa que tintineó al caer.

–Un espadachín herido. Demasiado fácil.

–A veces es peor lidiar con una potranca.

–¡Podíais haberme matado, majadero! –protestó de nuevo Clara.

–Había un generoso fardo de paja bajo la ventana, señorita. No me acuséis si no sabéis caer con gracia.

–¡Callad, bellaco, que vengo con las carnes abiertas!

–Dispensadla –se carcajeó el otro–. Es hija de un maldito poeta.

–Y es toda vuestra. Espero que alegre las horas de don Félix mejor que las mías.

–A fe que lo hará.

 

–¿Un rescate?

–La nota llegó esta mañana a casa de Lope, junto con un mechón de cabello rojo.

El habitual rincón de la taberna del Turco parecía estar más en penumbra que de costumbre.

–¡Qué me decís!

–Y os digo más, ¡nos han engañado, maldita sea!

–Así que he liberado a Clara para entregarla mansamente a sus secuestradores. Tiene arrestos, el cabrón.

–Explicaos, Diego.

–No ha de pagarse rescate alguno, don Francisco. ¡Y juro que Lope verá a su hija antes de morir!

 

En un oscuro callejón de Madrid dos hombres yacían sobre el suelo, malheridos. Un tercero, de nombre Cristóbal Tenorio, apoyaba la espalda contra una pared mientras el acero le apretaba el gaznate.

–Volvemos a encontrarnos tras tantos años, don Cristóbal.

–Debí mataros cuando pude.

–Ahora no soy un soldado herido y desarmado. Decidme, ¿dónde está la moza?

–¿Qué os hace pensar que lo sé? Buscadla, ya que sois hombre de recursos.

–Demasiado fácil fue entrar en vuestra casa y más sencillo huir de ella. ¿Un espadachín inexperto era todo lo que teníais que oponer?

–¿Por qué habría de organizar el secuestro de quien ya está en mi poder?

–¿Lo está, Tenorio? Quizá porque simular un rapto por un tercero os brinda la posibilidad de solicitar un rescate, toda vez que la joven ya no os era más que una carga.

–¡Nunca podréis encontrarla! Matadme, si ello os place. No tardaréis en acompañarme al averno.

–No os concederé esa gracia. Solo anhelo de vuestra merced que responda una pregunta, ¿por qué tenéis las suelas de los zapatos decoloradas?

 

En una salita de la morada de Vega y Carpio, Quevedo y Alatriste aguardaban el desenlace.

–Mercurio. Usado por curtidores para ablandar las pieles. Deja una huella imborrable en el calzado. Solo hube de buscar el taller más cercano a la ruta que desde hacía algunas noches Tenorio frecuentaba.

El aire pesaba cual si fuese plomo.

–Ha sido el más grande –dijo el cojo.

–Con permiso del manco.

–Y de mí mismo, perdóneseme la inmodestia.

–No olvidemos al gran Góngora.

–No me jodáis, Alatriste.

–¿Y ahora qué?

–Cuidad vuestras espaldas un tiempo. Las influencias que conservo deberían mantener a Tenorio a raya, pero por si acaso.

–Sabéis una cosa, Quevedo. ¡Qué genial era Góngora!

 

Los latidos del reloj dejaron, por un eterno instante, de acompasarse a los segundos.

–¿Sois acaso un ángel?

–No, padre. Perdonadme, os lo ruego.

–Ah, mi niña. ¡Si supieras cuánto habría de perdonárseme! Vivir es errar. Sigue tu camino, Clara, y ve en paz.

La joven quiso responder pero las palabras se le ahogaron en la garganta, dejando espacio solo para el llanto. Dos cuerpos se fundieron en uno solo. El uno moría y la otra, la otra también.