Una
rata huidiza deambulaba entre las mesas de la taberna del Turco. Se acercó a un
rincón en penumbra donde dos hombres conversaban. El más aguerrido la apartó de
un puntapié.
–El viejo se muere –dijo el otro,
perilla de chivo y anteojos haciendo equilibrios sobre la nariz–. Un día lo
admiré, luego lo odié y ahora no puedo más que apiadarme.
–No hay tan triste final como consumirse
de pena.
–Ni injusticia mayor que la vida misma.
–Supongo, don Francisco, que no me
habéis hecho venir para llorar a un dramaturgo.
–En cierto modo sí, Diego. ¿Os dice algo
el nombre de Antonia Clara?
–¿La hija secuestrada de Lope?
–La muchacha se fugó con su galán por
voluntad propia. ¡Envidio la pasión de los diecisiete! Era su niña predilecta.
–Le auguro un desengaño rápido.
–Se dice que el pájaro ya se ha cansado
de ella, pero aun así la mantiene retenida. Claro que, ¿dónde iba a ir tras
semejante deshonra? Cristóbal Tenorio se llama –le tendió un pliego–. Aquí
tenéis información de como encontrarla y a quién la debéis entregar. La
conducirán a casa, Dios quiera que a tiempo para despedir a su padre.
Diego Alatriste tomó el papel, receloso.
–Se os pagará bien.
–No seré yo, amigo mío, quien desconfíe
de don Francisco de Quevedo.
La
habitación se hallaba en penumbra, hasta que una muchacha de cabello bermejo
entró portando una vela. Una mano le cubrió la boca.
–No gritéis, Clara. Soy vuestro aliado.
El desconocido la liberó de su presa.
–Dadme un motivo para no hacerlo.
–¿Lo sería rendir el último adiós a
vuestro padre?
Bajó la mirada, una lágrima pareció
bailotear tras sus pupilas.
–Para mi padre, estoy muerta.
–Diría que a punto estáis de morir para
otro.
–¡Necio! Yo lo amo, y él…
–No soy quién para enmendar vuestros
errores. Cubríos, la noche es fresca.
Clara intentó protestar, pero al momento
unos pasos resonaron por la escalera. Alatriste la estrechó contra sí y, sin
vacilar, se arrojó con ella en brazos por la ventana.
–¡Mentecato!
–¡Por todos los infiernos! Deduzco que
ha sido un rescate arduo, capitán –el hombre esbozó una sonrisa condescendiente
y le lanzó una bolsa que tintineó al caer.
–Un espadachín herido. Demasiado fácil.
–A veces es peor lidiar con una
potranca.
–¡Podíais haberme matado, majadero! –protestó
de nuevo Clara.
–Había un generoso fardo de paja bajo la
ventana, señorita. No me acuséis si no sabéis caer con gracia.
–¡Callad, bellaco, que vengo con las
carnes abiertas!
–Dispensadla –se carcajeó el otro–. Es hija
de un maldito poeta.
–Y es toda vuestra. Espero que alegre
las horas de don Félix mejor que las mías.
–A fe que lo hará.
–¿Un
rescate?
–La nota llegó esta mañana a casa de
Lope, junto con un mechón de cabello rojo.
El habitual rincón de la taberna del
Turco parecía estar más en penumbra que de costumbre.
–¡Qué me decís!
–Y os digo más, ¡nos han engañado,
maldita sea!
–Así que he liberado a Clara para
entregarla mansamente a sus secuestradores. Tiene arrestos, el cabrón.
–Explicaos, Diego.
–No ha de pagarse rescate alguno, don
Francisco. ¡Y juro que Lope verá a su hija antes de morir!
En
un oscuro callejón de Madrid dos hombres yacían sobre el suelo, malheridos. Un
tercero, de nombre Cristóbal Tenorio, apoyaba la espalda contra una pared
mientras el acero le apretaba el gaznate.
–Volvemos a encontrarnos tras tantos
años, don Cristóbal.
–Debí mataros cuando pude.
–Ahora no soy un soldado herido y
desarmado. Decidme, ¿dónde está la moza?
–¿Qué os hace pensar que lo sé?
Buscadla, ya que sois hombre de recursos.
–Demasiado fácil fue entrar en vuestra
casa y más sencillo huir de ella. ¿Un espadachín inexperto era todo lo que
teníais que oponer?
–¿Por qué habría de organizar el
secuestro de quien ya está en mi poder?
–¿Lo está, Tenorio? Quizá porque simular
un rapto por un tercero os brinda la posibilidad de solicitar un rescate, toda
vez que la joven ya no os era más que una carga.
–¡Nunca podréis encontrarla! Matadme, si
ello os place. No tardaréis en acompañarme al averno.
–No os concederé esa gracia. Solo anhelo
de vuestra merced que responda una pregunta, ¿por qué tenéis las suelas de los
zapatos decoloradas?
En una salita de la morada de Vega y
Carpio, Quevedo y Alatriste aguardaban el desenlace.
–Mercurio. Usado por curtidores para
ablandar las pieles. Deja una huella imborrable en el calzado. Solo hube de
buscar el taller más cercano a la ruta que desde hacía algunas noches Tenorio
frecuentaba.
El aire pesaba cual si fuese plomo.
–Ha sido el más grande –dijo el cojo.
–Con permiso del manco.
–Y de mí mismo, perdóneseme la
inmodestia.
–No olvidemos al gran Góngora.
–No me jodáis, Alatriste.
–¿Y ahora qué?
–Cuidad vuestras espaldas un tiempo. Las
influencias que conservo deberían mantener a Tenorio a raya, pero por si acaso.
–Sabéis una cosa, Quevedo. ¡Qué genial
era Góngora!
Los
latidos del reloj dejaron, por un eterno instante, de acompasarse a los
segundos.
–¿Sois acaso un ángel?
–No, padre. Perdonadme, os lo ruego.
–Ah, mi niña. ¡Si supieras cuánto habría
de perdonárseme! Vivir es errar. Sigue tu camino, Clara, y ve en paz.
La joven quiso responder pero las
palabras se le ahogaron en la garganta, dejando espacio solo para el llanto.
Dos cuerpos se fundieron en uno solo. El uno moría y la otra, la otra también.