GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

El perro negro

 


El aire de la habitación era espeso, cargado de una humedad que se mezclaba con el olor agrio del sudor que llevaba acumulándose semanas en el ambiente. Felipe II estaba postrado en la cama. Cualquier mínimo movimiento le producía dolor y temía el momento en que tuvieran que limpiarle las llagas que le horadaban la piel. Cada segundo era un suplicio, una batalla contra una enfermedad que llevaba años arrastrando. Lo único que podía hacer era rezar para morir bien, en paz con Dios y con la certeza de que había sido un buen cristiano que obtendría la salvación en el reino de los cielos. Miró el crucifijo que había mandado instalar frente al que sería su lecho de muerte. Le consolaba contemplarlo y hablarle al Cristo, tallado en mármol blanco, que descansaba en la cruz. En los ojos serenos de la imagen encontraba compasión ante los terribles padecimientos que sufría.

Día tras día, aun en ese estado, intentaba escapar de la muerte. Creía, henchido de fervor, que encontraría la solución en la alquimia, pero los avances del círculo de eruditos todavía no habían dado resultados. Hoy se reuniría con ellos en la alcoba. Ya no podía acudir a la Torre de la Botica, donde se encontraba el laboratorio alquímico. Las llagas que se abrían en su cuerpo, junto a la fiebre que lo atenazaba, se lo impedían. Tendría que conformarse con enterarse de los avances que hacían a través de esas conversaciones. Con las indicaciones que les proporcionaba y los experimentos que llevaban a cabo en el laboratorio, tal vez encontrarían la manera de salvarlo, o al menos, de aliviar el malestar, proporcionándole la muerte digna que anhelaba. Era la única solución, aunque sabía que muchos veían con malos ojos esas visitas que recibía en la alcoba a puerta cerrada, pero le daba igual. Estaban muy cerca de descubrir algo maravilloso que quizás pudiera salvarle.

La puerta se abrió con un chirrido desgastado. Era su hija, Isabel. Ya no recordaba haberla mandado a llamar para que le trajera la reliquia de Santa Inés. El dolor que le provocaba cada úlcera le había nublado la memoria. Sin embargo, no fue impedimento para pedirle a Isabel, en un susurro apenas audible, que le dejara la quijada de la santa en las manos, en vez de en el mueble que contenía el resto de los objetos sagrados. Ella, resignada ante las extravagancias de su padre, cedió. Después abandonó la habitación, dejándolo acariciando el hueso sagrado, que pasaba de una mano a otra, pese al gran sufrimiento que ese simple movimiento le provocaba.

El rey, acunado por una sensación de paz difícil de describir, colocó la pieza cerca del corazón y cerró los ojos. Necesitaba descansar, dormir un poco antes de la siguiente cura. Cayó en un duermevela superficial, plagado de pesadillas. Unos ojos rojos le devolvieron la mirada. Ese maldito perro negro volvía de nuevo al final de sus días. Hacía mucho tiempo que nadie lo mencionaba. Durante el proceso de construcción de El Escorial, sin embargo, los operarios hablaban a menudo de la figura de un can de pelaje oscuro que pasaba aullando por las inmediaciones y les impedía acercarse a la obra. Ahora, el problema que creía solucionado, volvía para acecharle. Se vio recorriendo los largos pasillos del monasterio, huyendo del animal que todos creían salido del infierno, escondiéndose detrás de los bancos de madera maciza para que el lacayo de la parca no lo encontrara.

Despertó alterado, con el frágil corazón latiendo a un ritmo desenfrenado. Cuando vio que la persecución no era real, se tranquilizó. Miró al lado contrario de las reliquias y contempló una vez más El Jardín de las Delicias. Era su cuadro favorito de El Bosco. Se sentía atraído por el simbolismo y por los curiosos detalles que el autor había plasmado en la obra y que, en un primer vistazo, pasaban desapercibidos.   Además, presentía que Jheronimus van Aken había ocultado algo en esa pintura, un secreto relacionado con la alquimia que se le revelaría a aquel que descifrara el significado del lienzo. Ese era el motivo de que hubiera dedicado tanto tiempo al estudio y escrutinio de ese paisaje. Entre los cuerpos desnudos que disfrutaban en el estanque, la arquitectura imposible de los edificios y las aberraciones del infierno estaba seguro de que había escondido un código, una guía para obtener la piedra filosofal, el elixir de la vida, la solución a la fragilidad del cuerpo con el que nació.

En la esquina inferior derecha, junto a una especie de ratón con cofia de monja, vio dos ojos rojos relucir. Supo que era el fin, que no existía escapatoria posible. Había hecho lo imposible por acabar con el animal, pero ahora regresaba para llevárselo con él. Al menos no tendría que soportar otra cura más, pensó mientras, presa ya de las alucinaciones provocadas por la fiebre, veía al perro negro avanzar con lentitud. Cuando lo tuvo al lado, a tan sólo un salto de subirse en la cama, se persignó y agarró la reliquia de Santa Inés con las pocas fuerzas que le quedaban. Lo encontró su hijo unas horas después, en la misma postura, con los ojos fijos en el cuadro y con la mano, ya rígida, aferrada aún a la reliquia.