El aire de la habitación era espeso, cargado de una humedad que se
mezclaba con el olor agrio del sudor que llevaba acumulándose semanas en el
ambiente. Felipe II estaba postrado en la cama. Cualquier mínimo movimiento le
producía dolor y temía el momento en que tuvieran que limpiarle las llagas que
le horadaban la piel. Cada segundo era un suplicio, una batalla contra una
enfermedad que llevaba años arrastrando. Lo único que podía hacer era rezar
para morir bien, en paz con Dios y con la certeza de que había sido un buen
cristiano que obtendría la salvación en el reino de los cielos. Miró el
crucifijo que había mandado instalar frente al que sería su lecho de muerte. Le
consolaba contemplarlo y hablarle al Cristo, tallado en mármol blanco, que
descansaba en la cruz. En los ojos serenos de la imagen encontraba compasión
ante los terribles padecimientos que sufría.
Día tras día, aun en ese estado, intentaba escapar
de la muerte. Creía, henchido de fervor, que encontraría la solución en la
alquimia, pero los avances del círculo de eruditos todavía no habían dado
resultados. Hoy se reuniría con ellos en la alcoba. Ya no podía acudir a la
Torre de la Botica, donde se encontraba el laboratorio alquímico. Las llagas
que se abrían en su cuerpo, junto a la fiebre que lo atenazaba, se lo impedían.
Tendría que conformarse con enterarse de los avances que hacían a través de
esas conversaciones. Con las indicaciones que les proporcionaba y los
experimentos que llevaban a cabo en el laboratorio, tal vez encontrarían la
manera de salvarlo, o al menos, de aliviar el malestar, proporcionándole la
muerte digna que anhelaba. Era la única solución, aunque sabía que muchos veían
con malos ojos esas visitas que recibía en la alcoba a puerta cerrada, pero le
daba igual. Estaban muy cerca de descubrir algo maravilloso que quizás pudiera
salvarle.
La puerta se abrió con un chirrido desgastado. Era
su hija, Isabel. Ya no recordaba haberla mandado a llamar para que le trajera
la reliquia de Santa Inés. El dolor que le provocaba cada úlcera le había
nublado la memoria. Sin embargo, no fue impedimento para pedirle a Isabel, en un
susurro apenas audible, que le dejara la quijada de la santa en las manos, en
vez de en el mueble que contenía el resto de los objetos sagrados. Ella,
resignada ante las extravagancias de su padre, cedió. Después abandonó la
habitación, dejándolo acariciando el hueso sagrado, que pasaba de una mano a
otra, pese al gran sufrimiento que ese simple movimiento le provocaba.
El rey, acunado por una sensación de paz difícil
de describir, colocó la pieza cerca del corazón y cerró los ojos. Necesitaba
descansar, dormir un poco antes de la siguiente cura. Cayó en un duermevela
superficial, plagado de pesadillas. Unos ojos rojos le devolvieron la mirada.
Ese maldito perro negro volvía de nuevo al final de sus días. Hacía mucho
tiempo que nadie lo mencionaba. Durante el proceso de construcción de El
Escorial, sin embargo, los operarios hablaban a menudo de la figura de un can
de pelaje oscuro que pasaba aullando por las inmediaciones y les impedía
acercarse a la obra. Ahora, el problema que creía solucionado, volvía para
acecharle. Se vio recorriendo los largos pasillos del monasterio, huyendo del
animal que todos creían salido del infierno, escondiéndose detrás de los bancos
de madera maciza para que el lacayo de la parca no lo encontrara.
Despertó alterado, con el frágil corazón latiendo
a un ritmo desenfrenado. Cuando vio que la persecución no era real, se
tranquilizó. Miró al lado contrario de las reliquias y contempló una vez más El
Jardín de las Delicias. Era su cuadro favorito de El Bosco. Se sentía atraído
por el simbolismo y por los curiosos detalles que el autor había plasmado en la
obra y que, en un primer vistazo, pasaban desapercibidos. Además, presentía que Jheronimus van Aken había
ocultado algo en esa pintura, un secreto relacionado con la alquimia que se le
revelaría a aquel que descifrara el significado del lienzo. Ese era el motivo
de que hubiera dedicado tanto tiempo al estudio y escrutinio de ese paisaje.
Entre los cuerpos desnudos que disfrutaban en el estanque, la arquitectura
imposible de los edificios y las aberraciones del infierno estaba seguro de que
había escondido un código, una guía para obtener la piedra filosofal, el elixir
de la vida, la solución a la fragilidad del cuerpo con el que nació.
En la esquina inferior derecha, junto a una
especie de ratón con cofia de monja, vio dos ojos rojos relucir. Supo que era
el fin, que no existía escapatoria posible. Había hecho lo imposible por acabar
con el animal, pero ahora regresaba para llevárselo con él. Al menos no tendría
que soportar otra cura más, pensó mientras, presa ya de las alucinaciones
provocadas por la fiebre, veía al perro negro avanzar con lentitud. Cuando lo
tuvo al lado, a tan sólo un salto de subirse en la cama, se persignó y agarró
la reliquia de Santa Inés con las pocas fuerzas que le quedaban. Lo encontró su
hijo unas horas después, en la misma postura, con los ojos fijos en el cuadro y
con la mano, ya rígida, aferrada aún a la reliquia.