En
el silencio denso del Alcázar, Velázquez se detuvo frente al lienzo. Afuera,
entre adulaciones y envidias palaciegas, la corte bullía de intrigas pero
dentro de su estudio el mundo parecía detenido, el tiempo se deshilaba en
pigmentos y solo la luz mandaba. Contuvo la respiración sin darse cuenta y
expulsó luego el aire en un suspiro. Una sensación de vértigo recorría su
cuerpo y un apunte de sonrisa asomó a sus labios. Lo había logrado, su obra más
ambiciosa, la más simbólica y compleja estaba terminada. Una pequeña infanta
delicada y luminosa, sus damas atentas, un mastín tendido en el suelo con
indiferencia, el reflejo de un espejo insinuado en la pared, una puerta abierta
como a otra dimensión. Y un pintor. Un hombre de mirada inteligente, con la paleta
entre las manos, orgulloso de su oficio, que daba a cada personaje su lugar y
dentro del cuadro creaba otro, cual truco de magia sutil e inesperado.
El encargo del rey Felipe había sido un
retrato de familia pero la escena nacida de sus pinceles escondía mucho más:
referencias y significados que solo un ojo experto podría desentrañar. Un juego
ambiguo, casi un acertijo para el espectador. Una experiencia no solo visual
sino también intelectual donde los límites entre representación y realidad se
confundían y la construcción formal era tan novedosa que dejaba sin aliento.
Pese al innegable declive de sus Tercios
en las últimas batallas, Felipe IV era en esa mitad del S.XVII cabeza de un
imperio todavía de grandes dimensiones y el mayor coleccionista de pintura
─claro símbolo de poder político─ que había en Europa. A él iba destinado su
trabajo, privilegiado mecenas con sobrada capacidad para penetrar su sentido, y
con toda el alma deseaba que fuera de su agrado pero él se debía a su arte y al
quebrar las convenciones del retrato a ello había sido fiel. Su obra excedería
sin duda la vida del monarca y lo que pretendía era dejar huella en la
Historia, ir más allá de la belleza formal, trascender, mostrar una
singularidad de la que se enorgullecía sin soberbia pero plenamente consciente
de su valor. Su aptitud técnica era poco común, bien lo sabía, y su estilo
inconfundible, distinto y alejado del clasicismo imperante por doquier. Si
tantos años atrás el rey lo había nombrado pintor de cámara era por todo aquello
que lo hacía diferente: por sus trazos largos y ligeros, la gradación de planos
cromáticos, lo especial de sus texturas, el poderoso impacto que causaba su
pintura. ¿Cómo renunciar entonces a su instinto? Imposible. Su genio era
irrenunciable.
Retrocedió dos pasos para tomar
perspectiva con el corazón acelerado, se acercó de nuevo hasta la tela y matizó
una sombra en el rostro de la infanta. Había atrapado en ella el instante,
apenas un gesto entre el movimiento y la quietud, algo que no era pose sino vida.
Y al hacerla protagonista de la escena, había convertido a los reyes en
presencia distante, mero reflejo de unos ojos que los miran. Menudo
atrevimiento relegarlos a los márgenes de ese modo, pensó con un chispazo de
inquietud, despojarlos de toda ceremonia para pintarlos casi sin pintar,
insignificantes al fondo de un espejo desvaído. Y, sin embargo, cuantos mirasen
el cuadro sentirían al monarca presente en todo el escenario, poderoso e
invisible como un espíritu. Aquella era la metáfora y aquella había sido su
intención: desplazar el eje, reducir el poder a su forma más verdadera. Si lo
había o no logrado solo el tiempo lo diría.
El destello de un relámpago en la
ventana lo sacó de sus cavilaciones. El cielo traía la noche y anunciaba
tormenta. Notó la habitación en penumbra. Se dispuso entonces a limpiar sus
pinceles, los ordenó con el cuidado de costumbre y salió del gabinete dando un
giro de llave. Pronto mostraría al mundo su trabajo. No todavía. Para sí
guardaba aún aquella tarde el secreto de su audacia, la intuición de eternidad
que agitaba su mente y latía como un pajarillo entre sus manos.