GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

El pintor

 


En el silencio denso del Alcázar, Velázquez se detuvo frente al lienzo. Afuera, entre adulaciones y envidias palaciegas, la corte bullía de intrigas pero dentro de su estudio el mundo parecía detenido, el tiempo se deshilaba en pigmentos y solo la luz mandaba. Contuvo la respiración sin darse cuenta y expulsó luego el aire en un suspiro. Una sensación de vértigo recorría su cuerpo y un apunte de sonrisa asomó a sus labios. Lo había logrado, su obra más ambiciosa, la más simbólica y compleja estaba terminada. Una pequeña infanta delicada y luminosa, sus damas atentas, un mastín tendido en el suelo con indiferencia, el reflejo de un espejo insinuado en la pared, una puerta abierta como a otra dimensión. Y un pintor. Un hombre de mirada inteligente, con la paleta entre las manos, orgulloso de su oficio, que daba a cada personaje su lugar y dentro del cuadro creaba otro, cual truco de magia sutil e inesperado.

El encargo del rey Felipe había sido un retrato de familia pero la escena nacida de sus pinceles escondía mucho más: referencias y significados que solo un ojo experto podría desentrañar. Un juego ambiguo, casi un acertijo para el espectador. Una experiencia no solo visual sino también intelectual donde los límites entre representación y realidad se confundían y la construcción formal era tan novedosa que dejaba sin aliento.

Pese al innegable declive de sus Tercios en las últimas batallas, Felipe IV era en esa mitad del S.XVII cabeza de un imperio todavía de grandes dimensiones y el mayor coleccionista de pintura ─claro símbolo de poder político─ que había en Europa. A él iba destinado su trabajo, privilegiado mecenas con sobrada capacidad para penetrar su sentido, y con toda el alma deseaba que fuera de su agrado pero él se debía a su arte y al quebrar las convenciones del retrato a ello había sido fiel. Su obra excedería sin duda la vida del monarca y lo que pretendía era dejar huella en la Historia, ir más allá de la belleza formal, trascender, mostrar una singularidad de la que se enorgullecía sin soberbia pero plenamente consciente de su valor. Su aptitud técnica era poco común, bien lo sabía, y su estilo inconfundible, distinto y alejado del clasicismo imperante por doquier. Si tantos años atrás el rey lo había nombrado pintor de cámara era por todo aquello que lo hacía diferente: por sus trazos largos y ligeros, la gradación de planos cromáticos, lo especial de sus texturas, el poderoso impacto que causaba su pintura. ¿Cómo renunciar entonces a su instinto? Imposible. Su genio era irrenunciable.

Retrocedió dos pasos para tomar perspectiva con el corazón acelerado, se acercó de nuevo hasta la tela y matizó una sombra en el rostro de la infanta. Había atrapado en ella el instante, apenas un gesto entre el movimiento y la quietud, algo que no era pose sino vida. Y al hacerla protagonista de la escena, había convertido a los reyes en presencia distante, mero reflejo de unos ojos que los miran. Menudo atrevimiento relegarlos a los márgenes de ese modo, pensó con un chispazo de inquietud, despojarlos de toda ceremonia para pintarlos casi sin pintar, insignificantes al fondo de un espejo desvaído. Y, sin embargo, cuantos mirasen el cuadro sentirían al monarca presente en todo el escenario, poderoso e invisible como un espíritu. Aquella era la metáfora y aquella había sido su intención: desplazar el eje, reducir el poder a su forma más verdadera. Si lo había o no logrado solo el tiempo lo diría.

El destello de un relámpago en la ventana lo sacó de sus cavilaciones. El cielo traía la noche y anunciaba tormenta. Notó la habitación en penumbra. Se dispuso entonces a limpiar sus pinceles, los ordenó con el cuidado de costumbre y salió del gabinete dando un giro de llave. Pronto mostraría al mundo su trabajo. No todavía. Para sí guardaba aún aquella tarde el secreto de su audacia, la intuición de eternidad que agitaba su mente y latía como un pajarillo entre sus manos.