Y
aquí me encuentro, sabiendo que en cualquier momento llegará la misiva que hace
meses partió de mi terruño.
Novedades que ya son Historia. Personas
que ya no están, niños que han llegado al mundo mientras yo aquí, defiendo el
honor y las posesiones de mis Reyes.
Soñando con el día en que una paloma
pueda atravesar la mar océana en menos de lo que se tarda en arriar un velamen.
Las cartas deberían venir acompañadas de
una jarra de Jerez. Es tanta la emoción, que hace falta bajarla con un buen
trago para que la garganta se queme y no se ahogue con lágrimas tardías. Y lo
que queda después de leerlas es peor que la resaca de un vino rancio. O por lo
menos eso pasa cuando las letras vienen teñidas de rojo. Y nada os prepara. Es
todo tan súbito e inapelable como el dictamen de un inquisidor.
He logrado vencer muchas batallas. He
crecido a los ojos de quienes no daban un ducado por mí. No quiere decir que
los hombres de armas de carrera me hayan aceptado. Esos señoritos de cuna que
parecen haber salido del vientre de su madre con la lechuguilla almidonada, me
odian no muy discretamente. Y diría que es mutuo… Les duele ver que los reyes
me consideren digno de empresas que ellos desearían para sí, para pavonearse
con medallas y mercedes y para granjearse noches insaciables de tabernas.
Y mientras tanto, quienes tiempo ha me
consideraban un hermano, con quienes aprendí lo que es una eslora o cómo hallar
el rumbo con un astrolabio, ahora no saben cómo tratarme. A veces sus miradas
me hacen sentir que los he traicionado. Otras, que me he vendido por oro. No
entienden que las cosas cambian, que la sed de mar no se agota y que hay un
demonio al que trato de exorcizar. Porque todos somos perseguidos por demonios,
ni San Pedro se salva de eso.
Y la distancia me permite alejarme de
algunos dolores, pero también de las alegrías. Una merced en tierras o animales
no alcanza a pagar la deuda de verme privado de mi familia durante estas largas
travesías.
No creeréis que soy capitán de mar y
guerra. Pensareis que soy un necio o un perseguidor de quimeras, solo un
soñador. Pero sí, estoy al frente de la Flota de Indias desde los mil quinientos
cuarenta y… ya he perdido la cuenta. He tenido el privilegio de sentir el
contento de fundar ciudades y defenderlas del ataque codicioso de franceses e
ingleses. Soy administrador de los erarios del rey, y tantas cosas más. Cuantas
más cosas hago más siento que el tiempo pasa sin dolor, pero llega el día de la
flota de aviso y me entra un temblor en las entrañas que…
Ahí llega. Tengo una vista privilegiada
estando en la casa del gobernador. Desde la ventana lo veo acercarse con las
velas arriadas, las bolsas de envíos ya están preparadas en cubierta. Siempre
es así. Los colonos se agolpan junto al embarcadero, ansiosos, esperanzados. Yo
antes era uno de ellos, ahora siento que las cartas me mostrarán solo un eco de
ese mundo al que pertenezco de oídas o al que sin darme cuenta he renunciado.
Juzgadme si queréis, no me hará mella. Lo que más me duele es la letra de mi
hermano escribiendo en nombre de María.
La última vez que pisé suelo de mi
tierra, hace dos años, le prometí que volvería para que no estuviera tan sola
con los cuatro niños. Sé que mi hermano la protege, sé que ella no se queja,
pero sus ojos me dicen todo lo que su boca me oculta.
Estar a un océano de distancia es como
ser dos personas. Hay una que vive los días, lucha, se enfrenta a los problemas,
vela por el bienestar de todos y hasta se divierte. Pero hay otra que vive en
una oscuridad casi todo el tiempo, solo se ilumina al romper el lacre.
Llegaron dos mensajes, esta vez. Por un
lado, la carta de María contándome que ha dado a luz nuevamente. Por otro, una
carta de la Reina, pidiéndome que vuelva.
¿Cómo no obedecer a la Reina?
Veamos ¿cuándo escribió esto Su
Majestad? Hace tres meses.
¿Cuándo nació mi nuevo hijo? Hace tres
meses…
Seguro que mi Reina sabrá comprender que
no puedo dejar mi puesto aquí. Después de todo, la vida continúa allá, lejos,
sin que yo esté presente. Al igual que aquí…