GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

La Venta del Tintero

 


Todos teníamos algo en común; aunque fuéramos de dispares familias, fuimos como las hojas caducas de los árboles, que en el otoño, después de caídas, el viento nos fue juntando. ¿Qué teníamos en común? Pues, sencillamente, que éramos los únicos de aquel arrabal que sabíamos escribir y, por ende, leer.

Tomás, el hidalgo; juglar y vividor, más bien lo segundo que lo primero. Descendiente bastardo de un noble –de dudoso título–, enriquecido con bienes cuya procedencia mejor no comentar. Lo quería lejos del centro de la villa y lo mantiene aquí, desterrado, viviendo de cuantiosos alquileres en el barrio.

Juan el alquimista; tímido y soñador, es eterno mancebo de su padre, el boticario. Negado para cualquier filtro, infusión o cataplasma; pero con una jarra de vino en el buche, un entregado y desinhibido narrador. Lástima que, con la segunda ronda de tinto, su descaro se convierta en agravios e insultos hacia los presentes.

Lucas, el escribano; nadie, a ciencia cierta, sabe su historia, ni él mismo, aunque presuma de guardar celosamente su secreto. En cambio, es el más culto de todos los presentes, de ahí que creamos que debió pasar por algún noviciado. Tan diestro con la pluma como siniestro con la espada, según la ocasión y lo que se tercie.

María, la portuguesa; de críos la pusimos así, a la hija del tendero, porque medio pronunciaba las palabras para burlarnos. Pero los tiempos cambiaron y mucho; su padre vio más negocio en el trapicheo de las mercancías de las Indias que en el comercio. Ahora es un discreto, pero muy rico, mercader en el cambio de monedas de oro y plata del Nuevo Mundo; gracias a una balanza trucada.

Yo era Pepín; el abandonado, el huérfano, el tontín, y más motes que el paso de los años ha ido sepultando. Cuentan que fui dejado en la posada por olvido, o más bien con toda la intención. Los posaderos, gente ya mayor sin descendencia ni familia, me acogieron y mi pago fue trabajo duro, desde el primer día. Bueno, con el roce dicen que llega el cariño, y ya mozalbete mis criadores me enseñaron a leer y escribir. Gracias a un viejo y gruñón bachiller que así pagaba sus borracheras y pernoctaciones; las cuentas y cambios ya los había aprendido a medias entre el posadero y su vara de avellano.

El catarro de hace dos inviernos nos trajo a la Parca y los posaderos la acompañaron. Mi experiencia y preparación no bastaban para seguir yo solo con su legado. Conseguí arrendárselo al hijo desposado del carnicero, con su palabra de seguir aprovisionados, tanto al panadero como al vinatero del barrio; con lo cual yo también me llevaba una comisión por cada cesta de hogazas y otra por las cántaras de vino.

Por mi parte, adquirí la venta del paso viejo, en desuso desde que habilitaron la Calzada Real. A una sola legua de la capital ya no tenía sentido alguno parar allí, habiendo un camino tan bien empedrado y espacioso. El precio de esa transacción, en menos de un año, lo amorticé. Resultó ser mi venta punto estratégico para el estraperlo y otras transacciones, sin los codiciosos ojos de los recaudadores. Y todo a plena luz, a la vista del Señor; y si él no ha dado parte a las autoridades, yo no voy a ser ni más, ni menos.

Cada noche la patrulla, después del toque de las nueve, nos hace la visita rutinaria, pero a esas horas los presentes ya han liquidado sus negocios, o son ajenos y no saben de la misa la media. Con lo que se van por donde han venido con las botas llenas de vino dulce para matar la noche de guardia y el sabor a pez. Hay que estar a bien con todos para que nadie piense que te inclinas hacia algún lado, y así todos contentos.

Como dije al principio, las hojas otoñales, el viento se encarga de juntarlas. Y así fue como cada uno de los anteriormente mencionados, cada sábado a eso de las ocho de la tarde, empezó a dejarse caer por mi venta. Lo curioso es que, aun conociéndonos desde rapaces, no intimáramos más que algún intercambio de insultos o, ya más adultos, un gesto con la cabeza a modo de saludo.

La cuestión es que, seguramente, mi tinto elixir –nada de aguado, amargo o rancio– nos ayudó, al principio, de esas reuniones. Y descubrimos que la lectura nos hacía más afines de lo que parecía. Traer un libro nuevo, leerlo en alto y, al acabarlo, comentarlo entre todos los presentes resultó ser como descubrir un tesoro. Cada uno tiene sus gustos y tuvimos unas cuantas trifulcas, pero al final empezamos a respetarnos y lo más que soltábamos era alguna ironía, chascarrillo; o verso improvisado, si andábamos más inspirados.

Por ejemplo, Lope de Vega nos gustaba a todos; Quevedo era más de Lucas y María –ahora era don Mariano de Pozo, su disfraz por si la paraban en la Calzada Real montada a caballo cual caballero–. Y Tomás, gongoriano, faltaría más; aunque finalmente –mi vino obra milagros–; después de recitar alguno de sus recargados poemas, le aplaudíamos.

En fin, hasta en los arrabales de las Grandes Villas, puedes encontrar amigos de verdad. Por cierto, y por unanimidad, esta es la Venta del Tintero; a secas, de oro nos parecía muy pretencioso nombre.