Todos
teníamos algo en común; aunque fuéramos de dispares familias, fuimos como las
hojas caducas de los árboles, que en el otoño, después de caídas, el viento nos
fue juntando. ¿Qué teníamos en común? Pues, sencillamente, que éramos los
únicos de aquel arrabal que sabíamos escribir y, por ende, leer.
Tomás, el hidalgo; juglar y vividor, más
bien lo segundo que lo primero. Descendiente bastardo de un noble –de dudoso
título–, enriquecido con bienes cuya procedencia mejor no comentar. Lo quería
lejos del centro de la villa y lo mantiene aquí, desterrado, viviendo de
cuantiosos alquileres en el barrio.
Juan el alquimista; tímido y soñador, es
eterno mancebo de su padre, el boticario. Negado para cualquier filtro,
infusión o cataplasma; pero con una jarra de vino en el buche, un entregado y
desinhibido narrador. Lástima que, con la segunda ronda de tinto, su descaro se
convierta en agravios e insultos hacia los presentes.
Lucas, el escribano; nadie, a ciencia
cierta, sabe su historia, ni él mismo, aunque presuma de guardar celosamente su
secreto. En cambio, es el más culto de todos los presentes, de ahí que creamos
que debió pasar por algún noviciado. Tan diestro con la pluma como siniestro
con la espada, según la ocasión y lo que se tercie.
María, la portuguesa; de críos la
pusimos así, a la hija del tendero, porque medio pronunciaba las palabras para
burlarnos. Pero los tiempos cambiaron y mucho; su padre vio más negocio en el
trapicheo de las mercancías de las Indias que en el comercio. Ahora es un
discreto, pero muy rico, mercader en el cambio de monedas de oro y plata del
Nuevo Mundo; gracias a una balanza trucada.
Yo era Pepín; el abandonado, el
huérfano, el tontín, y más motes que el paso de los años ha ido sepultando.
Cuentan que fui dejado en la posada por olvido, o más bien con toda la
intención. Los posaderos, gente ya mayor sin descendencia ni familia, me
acogieron y mi pago fue trabajo duro, desde el primer día. Bueno, con el roce
dicen que llega el cariño, y ya mozalbete mis criadores me enseñaron a leer y
escribir. Gracias a un viejo y gruñón bachiller que así pagaba sus borracheras
y pernoctaciones; las cuentas y cambios ya los había aprendido a medias entre
el posadero y su vara de avellano.
El catarro de hace dos inviernos nos
trajo a la Parca y los posaderos la acompañaron. Mi experiencia y preparación
no bastaban para seguir yo solo con su legado. Conseguí arrendárselo al hijo
desposado del carnicero, con su palabra de seguir aprovisionados, tanto al
panadero como al vinatero del barrio; con lo cual yo también me llevaba una
comisión por cada cesta de hogazas y otra por las cántaras de vino.
Por mi parte, adquirí la venta del paso
viejo, en desuso desde que habilitaron la Calzada Real. A una sola legua de la
capital ya no tenía sentido alguno parar allí, habiendo un camino tan bien
empedrado y espacioso. El precio de esa transacción, en menos de un año, lo
amorticé. Resultó ser mi venta punto estratégico para el estraperlo y otras
transacciones, sin los codiciosos ojos de los recaudadores. Y todo a plena luz,
a la vista del Señor; y si él no ha dado parte a las autoridades, yo no voy a
ser ni más, ni menos.
Cada noche la patrulla, después del
toque de las nueve, nos hace la visita rutinaria, pero a esas horas los
presentes ya han liquidado sus negocios, o son ajenos y no saben de la misa la
media. Con lo que se van por donde han venido con las botas llenas de vino
dulce para matar la noche de guardia y el sabor a pez. Hay que estar a bien con
todos para que nadie piense que te inclinas hacia algún lado, y así todos
contentos.
Como dije al principio, las hojas
otoñales, el viento se encarga de juntarlas. Y así fue como cada uno de los
anteriormente mencionados, cada sábado a eso de las ocho de la tarde, empezó a
dejarse caer por mi venta. Lo curioso es que, aun conociéndonos desde rapaces,
no intimáramos más que algún intercambio de insultos o, ya más adultos, un
gesto con la cabeza a modo de saludo.
La cuestión es que, seguramente, mi
tinto elixir –nada de aguado, amargo o rancio– nos ayudó, al principio, de esas
reuniones. Y descubrimos que la lectura nos hacía más afines de lo que parecía.
Traer un libro nuevo, leerlo en alto y, al acabarlo, comentarlo entre todos los
presentes resultó ser como descubrir un tesoro. Cada uno tiene sus gustos y
tuvimos unas cuantas trifulcas, pero al final empezamos a respetarnos y lo más
que soltábamos era alguna ironía, chascarrillo; o verso improvisado, si
andábamos más inspirados.
Por ejemplo, Lope de Vega nos gustaba a
todos; Quevedo era más de Lucas y María –ahora era don Mariano de Pozo, su
disfraz por si la paraban en la Calzada Real montada a caballo cual caballero–.
Y Tomás, gongoriano, faltaría más; aunque finalmente –mi vino obra milagros–;
después de recitar alguno de sus recargados poemas, le aplaudíamos.
En fin, hasta en los arrabales de las
Grandes Villas, puedes encontrar amigos de verdad. Por cierto, y por
unanimidad, esta es la Venta del Tintero; a secas, de oro nos parecía muy
pretencioso nombre.