Aun
no sé cómo, de un día para otro, carteles con mi nombre y mi rostro dibujado se
repartieron por todas las aldeas del lugar, ofreciendo una suculenta recompensa
a quién consiguiera encontrarme y entregarme a las autoridades para ser
ajusticiada.
Todo lo que al principio fueron acciones
bien valoradas y recompensadas, elogios por mi buen hacer y recomendaciones por
mi trabajo a otras personas que necesitaban mi ayuda, ahora se han convertido
en herejías y blasfemias, actos impuros y diabólicos bajo la influencia de las
artes oscuras.
Cuando el Conde envió a buscarme hace un
par de años, para que su amante que estaba encinta, perdiera al hijo que
llevaba en sus entrañas, no le importaron mis métodos ni sus orígenes, solo el
resultado. «Haz lo que haga falta para
deshacernos de la criatura», dijo. «Lo
importante es que ella sane y que su marido, muy influyente en la corte, no se
percate de ningún cambio en su persona». Y así resultó.
Cuando el Abad me encargó una eficaz
medicina para aliviar el sufrimiento de una anciana heredera sin descendencia,
que donaría todo su patrimonio a la iglesia, tampoco le preocupó de donde
extraje los ingredientes mientras fuera el resultado final esperado. «Que sea un tránsito plácido y tranquilo»,
me sugirió. Y así fue.
Cuando la hija de la Baronesa me pidió
entre lágrimas que recuperara a su marido perdido hacía meses en alguna de
aquellas interminables luchas en tierras lejanas, y lo hiciera volver junto a
ella sano y salvo, no pensó en ningún momento que hiciéramos nada malo ni en
contra de su credo. «Aunque lo saques de
entre los muertos», me dijo. Y así lo hice.
Me buscan para llevarme frente al
inquisidor que, con su única e indiscutible autoridad, aplicará su aplastante
veredicto en un juicio acelerado e improvisado. Mi sentencia se ejecutará el
mismo día sin dar tiempo a defensa ni réplica ninguna para intentar mi
salvación. En cada plaza mayor tienen una hoguera siempre presta para los
juicios precipitados que en estos tiempos se ejecutan demasiados y a menudo,
según ha llegado a mis oídos. Tenerlas allí a la vista de todos resulta
aleccionador, una muestra de que su ley implacable funciona, y así disuadir a
cualquiera que pretenda seguir nuestros pasos.
Pero ellos no entienden que nosotras no
servimos a ninguna ley, sino a nuestra naturaleza. Nosotras no hemos nacido
para morir entre las llamas ni arder en el infierno, como muchos de ellos
aseguran. De donde yo vengo, nos llaman mujeres de agua. Solemos habitar en las
montañas, en alguna gruta oculta a la vista de todos, y siempre cerca de algún
estanque, salto de agua, fuente o corrientes de agua o lagos subterráneos.
El bosque nos provee de todo lo que
necesitamos para nuestra subsistencia y también de todos los ingredientes
necesarios para crear nuestras medicinas y curas, tan valorados por todos
cuando la enfermedad o cualquier otro problema surge en sus vidas, y ningún
rezo o plegaria resulta eficaz ni les da los resultados que esperan.
Somos mujeres estudiosas de las plantas
y sus propiedades sanadoras. Nos movemos por los mercados y las aldeas en
buscar de provisiones a cambio de nuestros remedios curativos. Somos fácilmente
reconocibles, vestidas con nuestras túnicas holgadas y nuestro cabello suelto,
al contrario de las aldeanas virtuosas o damas adineradas, que lucen sus
ceñidas vestiduras y sus peinados recogidos, siempre prestas para satisfacer
las miradas de sus devotos pretendientes y las necesidades de sus exigentes
esposos.
Corren
leyendas sobre nosotras, siempre rodeadas de un aura de misterio. Eso favorece
que todos crean que somos seres venidos de los infiernos que, con nuestra
indiscutible belleza y nuestras malas artes, influimos en las mentes débiles e
inocentes que se cruzan en nuestro camino, y las pervertimos para que sirvan al
mismísimo diablo.
Somos mujeres de lo más corriente pero
lo único que perseguimos es ser libres, no servir a nadie y a todos al mismo
tiempo. Nos enamoramos como cualquier mortal y eso muchas veces es nuestra
perdición. Bajamos la guardia porque nos olvidamos de que somos seres perseguidos
y que en cuanto nuestro enamorado se canse de nosotras o nos cambie por una
moza casadera que sea un mejor partido, todo lo que antes era amor y pasión, se
convierte en odio y desprecio. Y es cuando empiezan los rumores sobre nuestra
perversa naturaleza. Cuando estaban junto a nosotras todo era felicidad sin
preocupaciones ni obligaciones. Al abandonarnos y atarse a otra nueva vida,
cualquier dificultad o un revés en el camino, resulta ser por nuestra culpa.
Hace semanas que recorro estos bosques
por las noches, con la luna como mi fiel guía y única compañía. De día me
cobijo en una de tantas grutas abandonas por otras mujeres perseguidas por los
mismos motivos que yo, que desgraciadamente fueron apresadas. Mi objetivo es
llegar a la frontera y atravesar las montañas. Si llega antes el invierno, mi
única salvación será embarcarme en la costa en el primer navío con pasaje
disponible para abandonar estas tierras y empezar de nuevo en cualquier otro
lugar. Quizá mis habilidades y conocimientos sean más valorados, en cualquier
otro rincón del Mediterráneo.
Espero que mi despechado amante no
descubra nunca el pequeño presente que le dejé bajo el forro de su capa
favorita. ¿Conseguirá su sueño de convertirse en un escritor de fama? Solo el
tiempo y su talento decidirán.