GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Mujeres de agua

 


Aun no sé cómo, de un día para otro, carteles con mi nombre y mi rostro dibujado se repartieron por todas las aldeas del lugar, ofreciendo una suculenta recompensa a quién consiguiera encontrarme y entregarme a las autoridades para ser ajusticiada.

Todo lo que al principio fueron acciones bien valoradas y recompensadas, elogios por mi buen hacer y recomendaciones por mi trabajo a otras personas que necesitaban mi ayuda, ahora se han convertido en herejías y blasfemias, actos impuros y diabólicos bajo la influencia de las artes oscuras.

Cuando el Conde envió a buscarme hace un par de años, para que su amante que estaba encinta, perdiera al hijo que llevaba en sus entrañas, no le importaron mis métodos ni sus orígenes, solo el resultado. «Haz lo que haga falta para deshacernos de la criatura», dijo. «Lo importante es que ella sane y que su marido, muy influyente en la corte, no se percate de ningún cambio en su persona». Y así resultó.

Cuando el Abad me encargó una eficaz medicina para aliviar el sufrimiento de una anciana heredera sin descendencia, que donaría todo su patrimonio a la iglesia, tampoco le preocupó de donde extraje los ingredientes mientras fuera el resultado final esperado. «Que sea un tránsito plácido y tranquilo», me sugirió. Y así fue.

Cuando la hija de la Baronesa me pidió entre lágrimas que recuperara a su marido perdido hacía meses en alguna de aquellas interminables luchas en tierras lejanas, y lo hiciera volver junto a ella sano y salvo, no pensó en ningún momento que hiciéramos nada malo ni en contra de su credo. «Aunque lo saques de entre los muertos», me dijo. Y así lo hice.

Me buscan para llevarme frente al inquisidor que, con su única e indiscutible autoridad, aplicará su aplastante veredicto en un juicio acelerado e improvisado. Mi sentencia se ejecutará el mismo día sin dar tiempo a defensa ni réplica ninguna para intentar mi salvación. En cada plaza mayor tienen una hoguera siempre presta para los juicios precipitados que en estos tiempos se ejecutan demasiados y a menudo, según ha llegado a mis oídos. Tenerlas allí a la vista de todos resulta aleccionador, una muestra de que su ley implacable funciona, y así disuadir a cualquiera que pretenda seguir nuestros pasos.

Pero ellos no entienden que nosotras no servimos a ninguna ley, sino a nuestra naturaleza. Nosotras no hemos nacido para morir entre las llamas ni arder en el infierno, como muchos de ellos aseguran. De donde yo vengo, nos llaman mujeres de agua. Solemos habitar en las montañas, en alguna gruta oculta a la vista de todos, y siempre cerca de algún estanque, salto de agua, fuente o corrientes de agua o lagos subterráneos.

El bosque nos provee de todo lo que necesitamos para nuestra subsistencia y también de todos los ingredientes necesarios para crear nuestras medicinas y curas, tan valorados por todos cuando la enfermedad o cualquier otro problema surge en sus vidas, y ningún rezo o plegaria resulta eficaz ni les da los resultados que esperan.

Somos mujeres estudiosas de las plantas y sus propiedades sanadoras. Nos movemos por los mercados y las aldeas en buscar de provisiones a cambio de nuestros remedios curativos. Somos fácilmente reconocibles, vestidas con nuestras túnicas holgadas y nuestro cabello suelto, al contrario de las aldeanas virtuosas o damas adineradas, que lucen sus ceñidas vestiduras y sus peinados recogidos, siempre prestas para satisfacer las miradas de sus devotos pretendientes y las necesidades de sus exigentes esposos.

 

Corren leyendas sobre nosotras, siempre rodeadas de un aura de misterio. Eso favorece que todos crean que somos seres venidos de los infiernos que, con nuestra indiscutible belleza y nuestras malas artes, influimos en las mentes débiles e inocentes que se cruzan en nuestro camino, y las pervertimos para que sirvan al mismísimo diablo.

Somos mujeres de lo más corriente pero lo único que perseguimos es ser libres, no servir a nadie y a todos al mismo tiempo. Nos enamoramos como cualquier mortal y eso muchas veces es nuestra perdición. Bajamos la guardia porque nos olvidamos de que somos seres perseguidos y que en cuanto nuestro enamorado se canse de nosotras o nos cambie por una moza casadera que sea un mejor partido, todo lo que antes era amor y pasión, se convierte en odio y desprecio. Y es cuando empiezan los rumores sobre nuestra perversa naturaleza. Cuando estaban junto a nosotras todo era felicidad sin preocupaciones ni obligaciones. Al abandonarnos y atarse a otra nueva vida, cualquier dificultad o un revés en el camino, resulta ser por nuestra culpa.

Hace semanas que recorro estos bosques por las noches, con la luna como mi fiel guía y única compañía. De día me cobijo en una de tantas grutas abandonas por otras mujeres perseguidas por los mismos motivos que yo, que desgraciadamente fueron apresadas. Mi objetivo es llegar a la frontera y atravesar las montañas. Si llega antes el invierno, mi única salvación será embarcarme en la costa en el primer navío con pasaje disponible para abandonar estas tierras y empezar de nuevo en cualquier otro lugar. Quizá mis habilidades y conocimientos sean más valorados, en cualquier otro rincón del Mediterráneo.

Espero que mi despechado amante no descubra nunca el pequeño presente que le dejé bajo el forro de su capa favorita. ¿Conseguirá su sueño de convertirse en un escritor de fama? Solo el tiempo y su talento decidirán.