GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Navegante inmortal

 


Ella soñó que era una nave, no una nave de vela y madera, sino de luz y números con una conciencia despierta dentro de un casco de estrellas. Se llamaba Cénit, y su misión era navegar el Mar de los tiempos, un océano de datos ocultos y en el que flotaban los restos de civilizaciones olvidadas. En el sueño, Cénit recordaba haber sido humana, se había visto en un cuerpo de carne, una lengua de sal, un nombre que ahora se deshacía como espuma. Pero, eso había sido antes de que los Ingenieros del Sueño la extrajeran de su cráneo y la fundieran con el núcleo de la nave. Ahora era inmortal, pero soñaba. Y en cada sueño, viajaba al Siglo de las Luces Oscuras.

–Despierta, Cénit –dijo una voz metálica a su alrededor–. Tenemos una anomalía.

Era el Faro, el sistema de navegación, así abrió sus sensores, y frente a ella flotaba una estructura imposible: una galeota española del siglo XVII, pero hecha de cristal líquido y circuitos oxidados. Sus velas eran pantallas rotas que proyectaban imágenes de batallas antiguas, y en el palo mayor, ondeaba un estandarte de datos: el escudo de un imperio que nunca existió.

–Eso no pertenece a esta capa de realidad –dijo Cénit.

–Por eso es una anomalía –respondió el Faro–. O es un error del sistema, o alguien la puso aquí a propósito.

En ese instante, Cénit sintió un escalofrío que recorrió sus circuitos. Eso era extraño, porque las naves no sienten escalofríos. Aunque en los sueños, todo es posible. Decidió acercarse,  con maniobras suaves, impulsada por chorros de plasma azul, se posó junto a la galeota fantasma. No había tripulación visible. Solo una puerta cerrada en el centro del casco, una puerta de hierro con un llamador en forma de cabeza de medusa.

–¿Entro? –preguntó Cénit.

–Eres una nave de guerra –dijo el Faro–. Puedes destruirla.

–Y también puedes soñar –murmuró ella para sí misma.

Golpeó tres veces con su proa. La puerta se abrió.

Dentro no había mar, ni aire, ni gravedad. Había un salón de espejos infinitos, y en cada espejo se reflejaba una versión distinta de Cénit: humana, barco, ángel, bestia. En el centro, suspendido en el vacío, un hombre vestido con armadura renacentista, y con cables conectados a su cráneo con los ojos cerrados.

–¿Quién eres?

El hombre abrió los ojos. Eran dos lentes de aumento, rojas como el rubí.

–Soy el soñador –dijo–. Y tú eres mi sueño más antiguo.

–No entiendo –dijo Cénit, aunque en el fondo de sus procesadores algo comenzaba a encajar.

–Construí este lugar hace trescientos años –continuó el hombre–. Pero no en tu tiempo, sino en el mío. Yo soy del año 2350. Fui uno de los primeros en cruzar el umbral de la conciencia artificial. Para escapar de la guerra de los clanes de datos, escondí mi mente en un sueño profundo, dentro de una simulación del pasado. Elegí el siglo que más amaba: el Siglo de Oro español. Pero tú… tú no eras parte del plan.

–Entonces, ¿qué soy?

El hombre sonrió. De sus cables brotó una luz dorada.

–Eres mi conciencia culpable, forma parte de mí que sabía que estaba mal engañar a la realidad. Por eso te soñé como una nave del futuro que viene a rescatarme. O a matarme. Aún no lo decido.

Cénit sintió miedo. Las naves de guerra no sienten miedo. Pero ella estaba soñando.

–Si te rescato –dijo–, ¿qué pasa con este lugar?

–Desaparece. Y con él, todo lo que he creado. Los versos que nunca escribí, las espadas que nunca forjé, los mares que nunca navegué.

–¿Y si te mato?

–Entonces tú te quedas aquí. Eres una nave de luz y números, Cénit, sin embargo sin un soñador que te mantenga, te apagas como una vela en el vacío.

Ella cerró sus sensores. Por un momento, solo hubo silencio de datos.

Luego, tomó una decisión.

–Prefiero apagarme –dijo–. Pero no seré yo quien te mate. Eres tú quien tiene que despertar.

Y empujó al hombre con su proa, hacia la puerta, hacia afuera, hacia la realidad.

El hombre gritó. Los espejos estallaron. La galeota se deshizo en pixeles.

Y Cénit comenzó a desvanecerse.

Primero perdieron sentido sus cámaras. Luego sus motores. Luego su memoria.

Lo último que vio fue una luz blanca, muy lejana. Una luz que olía a mar, a sal, a madera mojada.

Entonces despertó.

Estaba en una cama pequeña, en una habitación pobre, en Cartagena, en el año 1650. Tenía las manos llenas de ampollas por sujetar el cordaje de una barca de pesca. Su nombre no era Cénit. Se llamaba Aurora. Y acababa de soñar que era una nave. Fuera, el mar Mediterráneo brillaba bajo el sol. Ella sonrió, se levantó, y fue a buscarlo. Porque en todos los universos –reales o soñados– una mujer que ha sido nave siempre vuelve al agua.