Ella
soñó que era una nave, no una nave de vela y madera, sino de luz y números con
una conciencia despierta dentro de un casco de estrellas. Se llamaba Cénit, y
su misión era navegar el Mar de los tiempos, un océano de datos ocultos y en el
que flotaban los restos de civilizaciones olvidadas. En el sueño, Cénit
recordaba haber sido humana, se había visto en un cuerpo de carne, una lengua
de sal, un nombre que ahora se deshacía como espuma. Pero, eso había sido antes
de que los Ingenieros del Sueño la extrajeran de su cráneo y la fundieran con
el núcleo de la nave. Ahora era inmortal, pero soñaba. Y en cada sueño, viajaba
al Siglo de las Luces Oscuras.
–Despierta, Cénit –dijo una voz metálica
a su alrededor–. Tenemos una anomalía.
Era el Faro, el sistema de navegación,
así abrió sus sensores, y frente a ella flotaba una estructura imposible: una
galeota española del siglo XVII, pero hecha de cristal líquido y circuitos
oxidados. Sus velas eran pantallas rotas que proyectaban imágenes de batallas
antiguas, y en el palo mayor, ondeaba un estandarte de datos: el escudo de un
imperio que nunca existió.
–Eso no pertenece a esta capa de
realidad –dijo Cénit.
–Por eso es una anomalía –respondió el
Faro–. O es un error del sistema, o alguien la puso aquí a propósito.
En ese instante, Cénit sintió un
escalofrío que recorrió sus circuitos. Eso era extraño, porque las naves no
sienten escalofríos. Aunque en los sueños, todo es posible. Decidió
acercarse, con maniobras suaves, impulsada
por chorros de plasma azul, se posó junto a la galeota fantasma. No había
tripulación visible. Solo una puerta cerrada en el centro del casco, una puerta
de hierro con un llamador en forma de cabeza de medusa.
–¿Entro? –preguntó Cénit.
–Eres una nave de guerra –dijo el Faro–.
Puedes destruirla.
–Y también puedes soñar –murmuró ella
para sí misma.
Golpeó tres veces con su proa. La puerta
se abrió.
Dentro no había mar, ni aire, ni
gravedad. Había un salón de espejos infinitos, y en cada espejo se reflejaba
una versión distinta de Cénit: humana, barco, ángel, bestia. En el centro,
suspendido en el vacío, un hombre vestido con armadura renacentista, y con
cables conectados a su cráneo con los ojos cerrados.
–¿Quién eres?
El hombre abrió los ojos. Eran dos
lentes de aumento, rojas como el rubí.
–Soy el soñador –dijo–. Y tú eres mi
sueño más antiguo.
–No entiendo –dijo Cénit, aunque en el
fondo de sus procesadores algo comenzaba a encajar.
–Construí este lugar hace trescientos
años –continuó el hombre–. Pero no en tu tiempo, sino en el mío. Yo soy del año
2350. Fui uno de los primeros en cruzar el umbral de la conciencia artificial.
Para escapar de la guerra de los clanes de datos, escondí mi mente en un sueño
profundo, dentro de una simulación del pasado. Elegí el siglo que más amaba: el
Siglo de Oro español. Pero tú… tú no eras parte del plan.
–Entonces, ¿qué soy?
El hombre sonrió. De sus cables brotó
una luz dorada.
–Eres mi conciencia culpable, forma
parte de mí que sabía que estaba mal engañar a la realidad. Por eso te soñé
como una nave del futuro que viene a rescatarme. O a matarme. Aún no lo decido.
Cénit sintió miedo. Las naves de guerra
no sienten miedo. Pero ella estaba soñando.
–Si te rescato –dijo–, ¿qué pasa con
este lugar?
–Desaparece. Y con él, todo lo que he
creado. Los versos que nunca escribí, las espadas que nunca forjé, los mares
que nunca navegué.
–¿Y si te mato?
–Entonces tú te quedas aquí. Eres una
nave de luz y números, Cénit, sin embargo sin un soñador que te mantenga, te
apagas como una vela en el vacío.
Ella cerró sus sensores. Por un momento,
solo hubo silencio de datos.
Luego, tomó una decisión.
–Prefiero apagarme –dijo–. Pero no seré
yo quien te mate. Eres tú quien tiene que despertar.
Y empujó al hombre con su proa, hacia la
puerta, hacia afuera, hacia la realidad.
El hombre gritó. Los espejos estallaron.
La galeota se deshizo en pixeles.
Y Cénit comenzó a desvanecerse.
Primero perdieron sentido sus cámaras.
Luego sus motores. Luego su memoria.
Lo último que vio fue una luz blanca,
muy lejana. Una luz que olía a mar, a sal, a madera mojada.
Entonces despertó.
Estaba en una cama pequeña, en una
habitación pobre, en Cartagena, en el año 1650. Tenía las manos llenas de
ampollas por sujetar el cordaje de una barca de pesca. Su nombre no era Cénit.
Se llamaba Aurora. Y acababa de soñar que era una nave. Fuera, el mar
Mediterráneo brillaba bajo el sol. Ella sonrió, se levantó, y fue a buscarlo. Porque
en todos los universos –reales o soñados– una mujer que ha sido nave siempre
vuelve al agua.