«Si
no es por la buenas, será por las malas». Esta era la máxima que dirigió la
vida de Pedro de Silva, apodado el cruel. Cualquier dilema o desafío se
solucionaba aplicando esta regla.
«Que mi noble familia está a punto de
perder sus títulos por falta de recursos económicos y aquí no los consigo… será
por las malas: me voy a hacer las Américas».
«Que como civil no puedo, lo haré por
las malas: vuelvo a la carrera militar».
«Que no soy más que soldado al principio
y así no se gana nada… en tres años seré capitán».
«Que las revueltas de Nueva Granada se
me quedan pequeñas porque yo y mis hombres ya nos hemos cargado a todos los
revoltosos… me voy al Perú». Aquí fue donde sus soldados le pusieron el apodo.
«Que los encomenderos se cabrean hasta
armar una guerra civil… tendré que hacer honor a mi mote y cargármelos a
todos».
«Que el Rey me hace gobernador de una
provincia y tremendamente rico, en agradecimiento por los servicios prestados…
Mmm. Esto ya no está tan mal. ¿Ahora qué hago? ¿Me vuelvo a España, donde nada
me ata? ¿O me quedo en Perú a vivir a cuerpo de Virrey?». Y aquí quedó atorado
el martillo porque no tenía clavos que clavar.
Alguien diría que esta máxima también le
condujo a su muerte, pero mentiría. O más bien faltaría a la verdad, por
desconocimiento.
Un día, Lope Díaz de Amorrieta, uno de
sus hombres de máxima confianza y que tenía por muy juicioso, le explicó que
tenía referencias ciertas y concretas de la ubicación del Dorado. Nunca había
dado crédito a aquella leyenda, pero sin duda aquello era un clavo. Y aquí
comenzó su supuesta muerte.
Cuando la expedición abandonó las
llanuras de Venezuela y se adentró en la selva, el martillo comprobó que
aquello no iba a ser tan fácil como matar revolucionarios, pero otras
expediciones ya lo habían intentado sin éxito, así que siguió avanzando. Pronto
empezaron las deserciones y una deserción era indiscutiblemente un clavo. «El
cruel» se le quedó pequeño.
Un día en que era precisamente él quien
abría camino llegaron a un claro que se prolongaba más allá del rio que lo
atravesaba. El Orinoco corría por aquel tramo con gran virulencia. Los que se
habían quedado deliberadamente más retrasados, desertaron dejándose llevar por
el rio. A estos no los pudo cazar. Seguramente no haría falta porque la selva y
los indígenas darían buena cuenta de ellos, pero no era lo mismo.
Cuando iban a abandonar el claro y
continuar rasgando la selva, tras aquel mínimo descanso de luchar contra ella,
el martillo sintió por primera vez en su vida el vértigo del punto de no
retorno. Volvió la vista y contempló los veinte soldados que quedaban de los
ciento cincuenta que habían partido, quince indígenas porteadores y cero
caballos. Los cero caballos eran la excusa perfecta para darse la vuelta. El
oro pesa mucho y se puede perder una batalla sin perder la guerra.
Volvió a España y consiguió financiación de la Corte, que también debía andar deseosa de encontrar El Dorado, si no era
inexplicable que se la concedieran tras el fracaso de repetidas expediciones.
También le dieron seiscientos hombres entre soldados y colonos.
Esta vez entró con los barcos por el
Orinoco. El caudal de río que vio en la primera expedición debía permitirlo,
pero no fue así. La desembocadura era un delta me manglares. A los pocos
kilómetros tuvieron que desembarcar y continuar a pie. El número de
expedicionarios menguaba aún más rápido que en la primera incursión porque el
rio albergaba aún más indígenas con sus flechas envenenadas que rio arriba.
Se pusieron sus corazas que no podían
atravesar las pequeñas flechas que usaban. Curiosamente no mataban a los
caballos. Alguna superstición, no habían visto nunca ninguno.
A los pocos días, mientras avanzaban
empezó a extinguirse el sonido de la selva, poco a poco, hasta que llegó a
enmudecer del todo. Pero fue sustituido por un bullicio creciente, y un rumor
metálico. El martillo se puso al frente y avanzaron con sumo cuidado. Entonces
atravesó una cortina invisible tras la cual desaparecieron la agobiante humedad
y el insufrible calor. La luz era más intensa y entonces llegaron al claro.
Varios centenares de metros sin ningún rastro de vegetación y varios centenares
de individuos manejando máquinas, unas terrestres y otras áreas dedicadas a
horadar una montaña. En el llano se veía lo que en algún momento fue una ciudad
indígena.
Entonces salieron a su encuentro dos
personajes rubios, de aspecto nórdico.
―¿Sois alemanes? ¿Perdidos de alguna
expedición? ―preguntó Pedro.
―No ―contestó uno en español.
―Pero estáis al servicio del Rey, ¿no?
―No.
―Y ¿de dónde sois?
―De lejos.
―¿De las Indias…?
Los nórdicos le explicaron, primero por
las buenas y luego por las malas, que él y sus compañeros, debían extraer oro
de aquella montaña, en equipo con aquellos otros individuos extraños que allí
estaban trabajando.
Pocos días después aquella llanura
empezó a moverse. Todos fueron a los bordes de donde acababa el aire
acondicionado y vieron alejarse primero el suelo y luego la selva, hasta que
solo se vio una bola azulada sobre fondo negro, en la que se adivinaba algo
parecido al mapa que le había llevado a América.
Y nunca más se supo de Pedro, el cruel,
al menos en aquella bola azulada.