LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN | Marifelita

  ¡¡Saludos Tinteros!! Inaugurando la sección ¡Qué te cuentas! de la nueva temporada de El Tintero de Oro, nuestra compañera Marifelita ha venido para hablarnos de un proyecto que actualmente tiene entre manos. El libro en cuestión se llama «Los nombres escritos al margen», acompañándola en esta aventura un buen puñado de artistas de la tinta. Dinos, Marifelita, ¿qué te cuentas?     PROYECTO: LOS NOMBRES ESCRITOS AL MARGEN   Todo empezó el año pasado, al invitarme una amiga a participar en un reto literario de DIVERSIDAD LITERARIA . No conocía su web y descubrí sus retos literarios de distintos tipos, estilos, extensiones y categorías durante todo el año. Los retos pueden ser tanto de poesía como de relatos y se publica una Antología en papel al finalizar el concurso con los escogidos como más destacados por la editorial. Participé en su concurso «Susurros desde el caldero» con un relato de fantasía y aunque finalmente no quedó incluido en la Antología que publ...

Pedro, el cruel

 


«Si no es por la buenas, será por las malas». Esta era la máxima que dirigió la vida de Pedro de Silva, apodado el cruel. Cualquier dilema o desafío se solucionaba aplicando esta regla.

«Que mi noble familia está a punto de perder sus títulos por falta de recursos económicos y aquí no los consigo… será por las malas: me voy a hacer las Américas».

«Que como civil no puedo, lo haré por las malas: vuelvo a la carrera militar».

«Que no soy más que soldado al principio y así no se gana nada… en tres años seré capitán».

«Que las revueltas de Nueva Granada se me quedan pequeñas porque yo y mis hombres ya nos hemos cargado a todos los revoltosos… me voy al Perú». Aquí fue donde sus soldados le pusieron el apodo.

«Que los encomenderos se cabrean hasta armar una guerra civil… tendré que hacer honor a mi mote y cargármelos a todos».

«Que el Rey me hace gobernador de una provincia y tremendamente rico, en agradecimiento por los servicios prestados… Mmm. Esto ya no está tan mal. ¿Ahora qué hago? ¿Me vuelvo a España, donde nada me ata? ¿O me quedo en Perú a vivir a cuerpo de Virrey?». Y aquí quedó atorado el martillo porque no tenía clavos que clavar.

Alguien diría que esta máxima también le condujo a su muerte, pero mentiría. O más bien faltaría a la verdad, por desconocimiento.

Un día, Lope Díaz de Amorrieta, uno de sus hombres de máxima confianza y que tenía por muy juicioso, le explicó que tenía referencias ciertas y concretas de la ubicación del Dorado. Nunca había dado crédito a aquella leyenda, pero sin duda aquello era un clavo. Y aquí comenzó su supuesta muerte.

Cuando la expedición abandonó las llanuras de Venezuela y se adentró en la selva, el martillo comprobó que aquello no iba a ser tan fácil como matar revolucionarios, pero otras expediciones ya lo habían intentado sin éxito, así que siguió avanzando. Pronto empezaron las deserciones y una deserción era indiscutiblemente un clavo. «El cruel» se le quedó pequeño.

Un día en que era precisamente él quien abría camino llegaron a un claro que se prolongaba más allá del rio que lo atravesaba. El Orinoco corría por aquel tramo con gran virulencia. Los que se habían quedado deliberadamente más retrasados, desertaron dejándose llevar por el rio. A estos no los pudo cazar. Seguramente no haría falta porque la selva y los indígenas darían buena cuenta de ellos, pero no era lo mismo.

Cuando iban a abandonar el claro y continuar rasgando la selva, tras aquel mínimo descanso de luchar contra ella, el martillo sintió por primera vez en su vida el vértigo del punto de no retorno. Volvió la vista y contempló los veinte soldados que quedaban de los ciento cincuenta que habían partido, quince indígenas porteadores y cero caballos. Los cero caballos eran la excusa perfecta para darse la vuelta. El oro pesa mucho y se puede perder una batalla sin perder la guerra.

Volvió a España y consiguió financiación de la Corte, que también debía andar deseosa de encontrar El Dorado, si no era inexplicable que se la concedieran tras el fracaso de repetidas expediciones. También le dieron seiscientos hombres entre soldados y colonos.

Esta vez entró con los barcos por el Orinoco. El caudal de río que vio en la primera expedición debía permitirlo, pero no fue así. La desembocadura era un delta me manglares. A los pocos kilómetros tuvieron que desembarcar y continuar a pie. El número de expedicionarios menguaba aún más rápido que en la primera incursión porque el rio albergaba aún más indígenas con sus flechas envenenadas que rio arriba.

Se pusieron sus corazas que no podían atravesar las pequeñas flechas que usaban. Curiosamente no mataban a los caballos. Alguna superstición, no habían visto nunca ninguno.

A los pocos días, mientras avanzaban empezó a extinguirse el sonido de la selva, poco a poco, hasta que llegó a enmudecer del todo. Pero fue sustituido por un bullicio creciente, y un rumor metálico. El martillo se puso al frente y avanzaron con sumo cuidado. Entonces atravesó una cortina invisible tras la cual desaparecieron la agobiante humedad y el insufrible calor. La luz era más intensa y entonces llegaron al claro. Varios centenares de metros sin ningún rastro de vegetación y varios centenares de individuos manejando máquinas, unas terrestres y otras áreas dedicadas a horadar una montaña. En el llano se veía lo que en algún momento fue una ciudad indígena.

Entonces salieron a su encuentro dos personajes rubios, de aspecto nórdico.

―¿Sois alemanes? ¿Perdidos de alguna expedición? ―preguntó Pedro.

―No ―contestó uno en español.

―Pero estáis al servicio del Rey, ¿no?

―No.

―Y ¿de dónde sois?

―De lejos.

―¿De las Indias…?

Los nórdicos le explicaron, primero por las buenas y luego por las malas, que él y sus compañeros, debían extraer oro de aquella montaña, en equipo con aquellos otros individuos extraños que allí estaban trabajando.

Pocos días después aquella llanura empezó a moverse. Todos fueron a los bordes de donde acababa el aire acondicionado y vieron alejarse primero el suelo y luego la selva, hasta que solo se vio una bola azulada sobre fondo negro, en la que se adivinaba algo parecido al mapa que le había llevado a América.

Y nunca más se supo de Pedro, el cruel, al menos en aquella bola azulada.