Está
bien... Alguien se ha empeñado en darme voz, así que… Avanti…
Llevo siglos siendo el mismo. La mayor
parte soy nitrogenado, sí. Todos habéis probado mi nitrógeno, aunque haya
viajado por vuestros cuerpos como un turista sin dejar huella. Igual que el
argón, la niña de mis ojos, gas noble e inmortal que os conoce sin que sepáis
nada de él. Solo una pequeña parte de mi oxígeno habéis ido transformando en
palabras, miradas, llantos… Y sólo eso me hace ser vosotros, sin duda. Sois
aire de mi aire: por mí las luces se encienden… y… también se apagan.
Me respiráis, os respiro cada día sin
que lo sepáis. Soy lo más eterno que tenéis.
Uno entre vosotros consiguió pintar mi
cuerpo: detener mis átomos lozanos. Darme consistencia palpable a través de los
colores: Diego Velázquez.
Más allá del tiempo, allí está él,
frente a su gran lienzo, con el pincel en alto, retratándose a sí mismo en sus
famosas «Meninas». Puedo sentir sus pensamientos coloridos retozando con mis electrones.
Ahora, su respiración se conmueve:
–Dime cómo haces para que se pueda tocar
el aire en tus pinturas.
–Le tomé la mano, la acaricié una y otra
vez, siempre en la misma zona del dorso.
–Así, capa tras capa.
Mis veladuras eran ya su carne, su risa.
Recuerdo decirle eso. Ella sonrió
juguetonamente. Luego se puso a jugar con las sábanas.
–Sabes todos los secretos del aire; ¡es
tu confidente!
Parecía una sirena reluciente
sumergiéndose entre las sábanas de raso.
–¿Me
dejarás pintarte por fin? Sería un recuerdo tuyo…
–Si
me transformas en aire, sí. Quisiera seguirte cuando te vayas a Madrid…
Velázquez recordaba cada palabra de
aquellos instantes rojos y rosas que perfumaban su memoria. Llegaban como un
viento impetuoso justo cuando colocaba un blanco puro sobre el bucle de la
pequeña infanta Margarita. Su mano tembló. Corrigió el trazo. No quería pintar
el cabello de la niña con el recuerdo del rubio incendiado de su amante
imposible, la joven pintora italiana. No. Debía pintar la realidad que ahora le
miraba a los ojos. Reflejar la inconsistencia de los átomos aéreos en cada
pincelada: el ahora; la realidad que se escurría por las mezclas de su paleta.
Sí, estaba convencido de que su misión en esta vida era detener el presente con
las poderosas cerdas de su pincel.
Velázquez me respiró hondamente, y fijó
de nuevo su atención en la niña de su retrato. Siguiendo el gusto de los reyes,
sus jefes, compuso la figura junto a sus nobles sirvientas como a una pequeña
diosa encarnada.
Pero nada podía quebrar la inocencia de
aquel ser recién abierto a la vida. Ni siquiera el barro de los búcaros
partidos que le forzaban a ingerir.
–Debes
tomarlo si quieres ser siempre hermosa, blanca como un ángel de belleza.
–Pero me duele la tripa. Pesa dentro de
mí. No lo quiero.
El pintor la observaba. Sospechaba que
yo no podía circular bien por aquel corpiño estrecho que ahogaba sus
pulmoncillos. Sentía tristeza al verla caer una y otra vez cuando trataba de
corretear con aquel enorme faldón cuadrado. Y también al pensar que a los cinco
años ya estaba prometida con su propio tío, el cual iba recibiendo los cuadros
de la criatura, que él mismo pintaba mientras esperaba que la flor creciera.
La pequeña Margarita imaginaba que todo
era así para todo el mundo: Rezos, alemán, disciplina, polvos, perfumes, barro,
y unos adultos de su talla muy simpáticos que la hacían reír.
Cada niño tendría su perro, y sus
sirvientas, y su guardainfantas, y dos padres que los visitaban una vez al día,
de cuatro a seis. Hasta que alguien le dijo que los niños de fuera no tenían la
suerte de ella.
–Eres única. Y de ti depende el futuro
de la corona.
No podía coger el alimento con sus
propias manos. Siempre debía pedirlo. Nadie podía tocarla, ni tan siquiera
rozar sus ropas; solamente sus ayudas de cámara o sus allegados más cercanos.
Entre ella y el mundo había una barrera
infranqueable, un cristal irrompible que no comprendía.
Velázquez terminó de pulir el brillo en
la mirada de la niña. Puso un gran esfuerzo en que el aire de aquella sala
pudiera tocarse. Casi era consciente de que yo siempre estaba allí, observando,
entrando y saliendo.
Dio un tono más cobrizo a toda la
composición y acentuó las sombras. Observó al bufón Nicolasillo, el inquieto
joven del tamaño de un niño, darle con el pie al perro mastín que por allí
dormía. Pensó en incluirlo en la escena también. Era un hombre vivaz, puro
dinamismo, muy querido en la corte. Otros con su misma condición física, no
nacidos de noble cuna, competían en la selva cruel de la vida por unas migajas
de pan, ya fuera en espectáculos callejeros, ya a la puerta de la iglesia.
Sí, pensó, bufón y perro eran tan dignos
como el mismo rey. Los incluiría.
Nuestro pintor puso fin a una de las
obras más conocidas de la humanidad, mientras en Italia, su amante solitaria
concluía entusiasmada un bodegón de caza, absolutamente ignorante de que su
hermosa espalda sería contemplada por miles y miles de personas en el futuro.
Ambos suspiraron satisfechos al concluir
sus pinturas, felizmente inconscientes de la estela que dejaban sus actos,
viviendo, atrapando la joya del presente, latiendo con los innumerables soles y
lunas…
Respirando, sin más.