GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Respirando sin más

 


Está bien... Alguien se ha empeñado en darme voz, así que… Avanti

Llevo siglos siendo el mismo. La mayor parte soy nitrogenado, sí. Todos habéis probado mi nitrógeno, aunque haya viajado por vuestros cuerpos como un turista sin dejar huella. Igual que el argón, la niña de mis ojos, gas noble e inmortal que os conoce sin que sepáis nada de él. Solo una pequeña parte de mi oxígeno habéis ido transformando en palabras, miradas, llantos… Y sólo eso me hace ser vosotros, sin duda. Sois aire de mi aire: por mí las luces se encienden… y… también se apagan.

Me respiráis, os respiro cada día sin que lo sepáis. Soy lo más eterno que tenéis.

Uno entre vosotros consiguió pintar mi cuerpo: detener mis átomos lozanos. Darme consistencia palpable a través de los colores: Diego Velázquez.

Más allá del tiempo, allí está él, frente a su gran lienzo, con el pincel en alto, retratándose a sí mismo en sus famosas «Meninas». Puedo sentir sus pensamientos coloridos retozando con mis electrones.

Ahora, su respiración se conmueve:

–Dime cómo haces para que se pueda tocar el aire en tus pinturas.

–Le tomé la mano, la acaricié una y otra vez, siempre en la misma zona del dorso.

–Así, capa tras capa.

Mis veladuras eran ya su carne, su risa.

Recuerdo decirle eso. Ella sonrió juguetonamente. Luego se puso a jugar con las sábanas.

–Sabes todos los secretos del aire; ¡es tu confidente!

Parecía una sirena reluciente sumergiéndose entre las sábanas de raso.

 –¿Me dejarás pintarte por fin? Sería un recuerdo tuyo…

 –Si me transformas en aire, sí. Quisiera seguirte cuando te vayas a Madrid…

Velázquez recordaba cada palabra de aquellos instantes rojos y rosas que perfumaban su memoria. Llegaban como un viento impetuoso justo cuando colocaba un blanco puro sobre el bucle de la pequeña infanta Margarita. Su mano tembló. Corrigió el trazo. No quería pintar el cabello de la niña con el recuerdo del rubio incendiado de su amante imposible, la joven pintora italiana. No. Debía pintar la realidad que ahora le miraba a los ojos. Reflejar la inconsistencia de los átomos aéreos en cada pincelada: el ahora; la realidad que se escurría por las mezclas de su paleta. Sí, estaba convencido de que su misión en esta vida era detener el presente con las poderosas cerdas de su pincel.

Velázquez me respiró hondamente, y fijó de nuevo su atención en la niña de su retrato. Siguiendo el gusto de los reyes, sus jefes, compuso la figura junto a sus nobles sirvientas como a una pequeña diosa encarnada.

Pero nada podía quebrar la inocencia de aquel ser recién abierto a la vida. Ni siquiera el barro de los búcaros partidos que le forzaban a ingerir.

 –Debes tomarlo si quieres ser siempre hermosa, blanca como un ángel de belleza.

–Pero me duele la tripa. Pesa dentro de mí. No lo quiero.

El pintor la observaba. Sospechaba que yo no podía circular bien por aquel corpiño estrecho que ahogaba sus pulmoncillos. Sentía tristeza al verla caer una y otra vez cuando trataba de corretear con aquel enorme faldón cuadrado. Y también al pensar que a los cinco años ya estaba prometida con su propio tío, el cual iba recibiendo los cuadros de la criatura, que él mismo pintaba mientras esperaba que la flor creciera.

La pequeña Margarita imaginaba que todo era así para todo el mundo: Rezos, alemán, disciplina, polvos, perfumes, barro, y unos adultos de su talla muy simpáticos que la hacían reír.

Cada niño tendría su perro, y sus sirvientas, y su guardainfantas, y dos padres que los visitaban una vez al día, de cuatro a seis. Hasta que alguien le dijo que los niños de fuera no tenían la suerte de ella.

–Eres única. Y de ti depende el futuro de la corona.

No podía coger el alimento con sus propias manos. Siempre debía pedirlo. Nadie podía tocarla, ni tan siquiera rozar sus ropas; solamente sus ayudas de cámara o sus allegados más cercanos.

Entre ella y el mundo había una barrera infranqueable, un cristal irrompible que no comprendía.

Velázquez terminó de pulir el brillo en la mirada de la niña. Puso un gran esfuerzo en que el aire de aquella sala pudiera tocarse. Casi era consciente de que yo siempre estaba allí, observando, entrando y saliendo.

Dio un tono más cobrizo a toda la composición y acentuó las sombras. Observó al bufón Nicolasillo, el inquieto joven del tamaño de un niño, darle con el pie al perro mastín que por allí dormía. Pensó en incluirlo en la escena también. Era un hombre vivaz, puro dinamismo, muy querido en la corte. Otros con su misma condición física, no nacidos de noble cuna, competían en la selva cruel de la vida por unas migajas de pan, ya fuera en espectáculos callejeros, ya a la puerta de la iglesia.

Sí, pensó, bufón y perro eran tan dignos como el mismo rey. Los incluiría.

Nuestro pintor puso fin a una de las obras más conocidas de la humanidad, mientras en Italia, su amante solitaria concluía entusiasmada un bodegón de caza, absolutamente ignorante de que su hermosa espalda sería contemplada por miles y miles de personas en el futuro.

Ambos suspiraron satisfechos al concluir sus pinturas, felizmente inconscientes de la estela que dejaban sus actos, viviendo, atrapando la joya del presente, latiendo con los innumerables soles y lunas…

Respirando, sin más.