GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Son solo molinos

 


–Son solo molinos… –se dice Don Miguel.

Mientras, De Vega se prepara para sacar. 30-15 en este último juego. El que pierda lo pierde todo, el juego, la partida y, lo peor, el honor. Maldito honor, piensa Don Miguel, pero son solo molinos…

De Vega saca en corto y siempre hacia su revés. Maldito truhan, lleva haciéndolo todo el rato, si fuera un caballero sería otra ofensa, pero este perro ni es caballero ni un señor, solo un simple poeta de legajo. Ni siquiera se ha quitado el jubón cuando han empezado. Otra ofensa, pero esta le estará perjudicando más a él que a Don Miguel. Hace calor, la pista de El Escorial no tiene sombras, y al medio día todo es más extenuante.

Don Miguel corre hacia la bola como puede,  y le da de revés, como no. El esfuerzo realizado está siendo mayúsculo. Lleva el pelo mojado de sudor con olor a vino rancio. Y es que esta contienda lleva más de doce horas en activo. Fue justo en la taberna de don Manolito, cuando se topó con este indeseable y comenzaron las ofensas.

De Vega llega raudo hacia el rebote y, ávido de venganza viendo la sangre exudar en la encarnada cara de Don Miguel, lanza una bola lenta que queda en celosía. Poco puede hacer Don Miguel, que llega con varias trastabillas y una raqueta que parece más un remiendo maltrecho que otra cosa.

–¡Punto para Lope! 45-15.

La masa que los observa, porque el campo está a reventar, estalla en vítores. La victoria está cerca, o la derrota, según se mire.

–¡Maldición! –titubea Don Miguel.

–Demasiado para tu mano de monje, ¿eh, Miguelín?

Las palabras de de Vega entran a trompicones por los exhaustos conductos auditivos de Don Miguel. Las ha dicho adrede. Y no es por su escarnio, o por que esté a un tanto de perder su honor: odia ese mote. Así empezó la contienda ayer en la taberna. Don Miguel estaba tomándose su vino de sábado noche cuando el perro de Lope de Vega apareció para aguarle la velada:

–¡Pero si es Miguelín! –dijo con un evidente tono ebrio.

«Será Culterano y farsante», pensó Don Miguel. O no, no lo pensó, simplemente lo aulló a los cuatro vientos. El resto fue un cúmulo de malas decisiones, retos insufribles, hasta retarse por honor a una partida de truco real nada más ni nada menos que la propia pista que Felipe II construyó en El Escorial. Incluso el ilustrísimo anfitrión preside el palco. ¿Cómo han llegado tan lejos?

De Vega se dispone a sacar. El último cree él mismo y casi toda la congregación. No Don Miguel, que se posiciona en guardia, de lado, pues sabe que el perro de de Vega a buscarle el revés que su maltrecha mano izquierda no puede socorrer.

–Son solo molinos… –susurra.

De Vega saca, esta vez ha engañado a todo y juega buscando el rebote hacia la derecha. Don Miguel no se la esperaba y trastabilla hacia allí. Demasiado deprisa, demasiado cansado, demasiado vino aún reverberando por su paladar. Llega a malas penas y la devuelve justo en un rebote que favorece enormemente a de Vega. Este, sabedor de su triunfo, le arrea con todas sus fuerzas. La pelota sale disparada hacia el centro del frontón con tanta fuerza que ni con un caballo podría llegar su oponente. El pobre Don Miguel, al tratar de acelerar, resbala y cae. Todo está perdido. Sin embargo, su raqueta, movida por la inercia de su caída, salta al cielo disparada cruzándose, milagrosamente, con la dirección de la bola, impactando con ella y haciéndola regresar hacia el frontón, luego cae lánguida y fuera del alcance de de Vega.

–¡Chaza! –grita el juez, lo que provoca una unánime explosión de júbilo en el público.

–¿Cómo que chaza? –brama de Vega de cara al juez–, Miguelín ha lanzado la raqueta, eso es antirreglamentario.

–Nada en el reglamento indica lo contrario –vuelve a decir el juez.

De Vega se enfurece. Mientras, Don Miguel llega exhausto y sin saber aún que el partido acaba de quedar en chancillería.

–Esto es un ultraje –continua Lope de Vega–, un despropósito. ¡Tú! –eso lo grita de cara a Don Miguel–, seguro que le has pagado.

–¿Cómo osas decir tal cosa? –brama Don Miguel–, eso es inaudito, inaceptable, intempestuoso, es…

–¡Es una afrenta a mi honor! –grita Lope de Vega.

El campo se queda en silencio. Incluso Don Miguel.

–Exijo un duelo para resarcir este entuerto –chilla Lope de Vega.

–¿Otro duelo? –pregunta Don Miguel–. ¿Otro duelo para resarcir tu honor porque te he empatado el partido de pelota?

–Porque has usado tus pillajes para hacerlo, sí.

Nadie, salvo los dos contendientes, entiende la escena. “¿Otro duelo?”, se oye desde la grada, “¿pero esto no era ya un duelo en sí? ¿Ni siquiera han terminado este y ya quieren enzarzarse en otro?”.

Don Miguel se lleva la mano a la barbilla, abre los ojos y mira a Lope.

–¿Una partida de boliche? –titubea.

Lope de Vega tuerce el gesto y sonríe.

–¡Perfecto! Si gano, pierdes tu honor, si ganas tú, volvemos y resolvemos la chaza. ¿de acuerdo?

Don Miguel suspira. No, no está de acuerdo. Está cansado, resacoso y al borde de la insolación.

–Son solo molinos… –susurra. Luego asiente–. ¡Acepto!

La gente grita, aunque no sabe por qué.