–Son
solo molinos… –se dice Don Miguel.
Mientras, De Vega se prepara para sacar.
30-15 en este último juego. El que pierda lo pierde todo, el juego, la partida
y, lo peor, el honor. Maldito honor, piensa Don Miguel, pero son solo molinos…
De Vega saca en corto y siempre hacia su
revés. Maldito truhan, lleva haciéndolo todo el rato, si fuera un caballero
sería otra ofensa, pero este perro ni es caballero ni un señor, solo un simple
poeta de legajo. Ni siquiera se ha quitado el jubón cuando han empezado. Otra
ofensa, pero esta le estará perjudicando más a él que a Don Miguel. Hace calor,
la pista de El Escorial no tiene sombras, y al medio día todo es más
extenuante.
Don Miguel corre hacia la bola como
puede, y le da de revés, como no. El esfuerzo
realizado está siendo mayúsculo. Lleva el pelo mojado de sudor con olor a vino
rancio. Y es que esta contienda lleva más de doce horas en activo. Fue justo en
la taberna de don Manolito, cuando se topó con este indeseable y comenzaron las
ofensas.
De Vega llega raudo hacia el rebote y,
ávido de venganza viendo la sangre exudar en la encarnada cara de Don Miguel,
lanza una bola lenta que queda en celosía. Poco puede hacer Don Miguel, que
llega con varias trastabillas y una raqueta que parece más un remiendo
maltrecho que otra cosa.
–¡Punto para Lope! 45-15.
La masa que los observa, porque el campo
está a reventar, estalla en vítores. La victoria está cerca, o la derrota,
según se mire.
–¡Maldición! –titubea Don Miguel.
–Demasiado para tu mano de monje, ¿eh,
Miguelín?
Las palabras de de Vega entran a
trompicones por los exhaustos conductos auditivos de Don Miguel. Las ha dicho
adrede. Y no es por su escarnio, o por que esté a un tanto de perder su honor:
odia ese mote. Así empezó la contienda ayer en la taberna. Don Miguel estaba
tomándose su vino de sábado noche cuando el perro de Lope de Vega apareció para
aguarle la velada:
–¡Pero si es Miguelín! –dijo con un
evidente tono ebrio.
«Será Culterano y farsante», pensó Don
Miguel. O no, no lo pensó, simplemente lo aulló a los cuatro vientos. El resto
fue un cúmulo de malas decisiones, retos insufribles, hasta retarse por honor a
una partida de truco real nada más ni nada menos que la propia pista que Felipe
II construyó en El Escorial. Incluso el ilustrísimo anfitrión preside el palco.
¿Cómo han llegado tan lejos?
De Vega se dispone a sacar. El último
cree él mismo y casi toda la congregación. No Don Miguel, que se posiciona en
guardia, de lado, pues sabe que el perro de de Vega a buscarle el revés que su
maltrecha mano izquierda no puede socorrer.
–Son solo molinos… –susurra.
De Vega saca, esta vez ha engañado a
todo y juega buscando el rebote hacia la derecha. Don Miguel no se la esperaba
y trastabilla hacia allí. Demasiado deprisa, demasiado cansado, demasiado vino
aún reverberando por su paladar. Llega a malas penas y la devuelve justo en un
rebote que favorece enormemente a de Vega. Este, sabedor de su triunfo, le
arrea con todas sus fuerzas. La pelota sale disparada hacia el centro del
frontón con tanta fuerza que ni con un caballo podría llegar su oponente. El
pobre Don Miguel, al tratar de acelerar, resbala y cae. Todo está perdido. Sin
embargo, su raqueta, movida por la inercia de su caída, salta al cielo
disparada cruzándose, milagrosamente, con la dirección de la bola, impactando
con ella y haciéndola regresar hacia el frontón, luego cae lánguida y fuera del
alcance de de Vega.
–¡Chaza! –grita el juez, lo que provoca
una unánime explosión de júbilo en el público.
–¿Cómo que chaza? –brama de Vega de cara
al juez–, Miguelín ha lanzado la raqueta, eso es antirreglamentario.
–Nada en el reglamento indica lo
contrario –vuelve a decir el juez.
De Vega se enfurece. Mientras, Don
Miguel llega exhausto y sin saber aún que el partido acaba de quedar en
chancillería.
–Esto es un ultraje –continua Lope de
Vega–, un despropósito. ¡Tú! –eso lo grita de cara a Don Miguel–, seguro que le
has pagado.
–¿Cómo osas decir tal cosa? –brama Don
Miguel–, eso es inaudito, inaceptable, intempestuoso, es…
–¡Es una afrenta a mi honor! –grita Lope
de Vega.
El campo se queda en silencio. Incluso
Don Miguel.
–Exijo un duelo para resarcir este
entuerto –chilla Lope de Vega.
–¿Otro duelo? –pregunta Don Miguel–.
¿Otro duelo para resarcir tu honor porque te he empatado el partido de pelota?
–Porque has usado tus pillajes para
hacerlo, sí.
Nadie, salvo los dos contendientes,
entiende la escena. “¿Otro duelo?”, se oye desde la grada, “¿pero esto no era
ya un duelo en sí? ¿Ni siquiera han terminado este y ya quieren enzarzarse en
otro?”.
Don Miguel se lleva la mano a la
barbilla, abre los ojos y mira a Lope.
–¿Una partida de boliche? –titubea.
Lope de Vega tuerce el gesto y sonríe.
–¡Perfecto! Si gano, pierdes tu honor,
si ganas tú, volvemos y resolvemos la chaza. ¿de acuerdo?
Don Miguel suspira. No, no está de acuerdo.
Está cansado, resacoso y al borde de la insolación.
–Son solo molinos… –susurra. Luego
asiente–. ¡Acepto!
La gente grita, aunque no sabe por qué.