GALA DE PREMIOS 52ª Ed. Aturo Pérez-Reverte

  Antes de empezar, conmocionados por la enorme tragedia que estos días ha sufrido Venezuela, queremos mandar todo nuestro cariño y un fortísimo abrazo a los compañeros que participáis desde allí. Mucho ánimo y nuestros mejores deseos. . El Tintero de Oro –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Las gradas de San Felipe eran un hormiguero revuelto. El comediante Rafael de Cózar había llevado de nuevo El arenal de Sevilla al Corral del Príncipe, y la variopinta humanidad de la Villa y Corte de Madrid no pudo evitar echarse a la calle para celebrar la ocasión vestida con sus mejores galas, como si el mismísimo Cuerpo de Cristo procesionara entre nubes de incienso y alfombra de romero. Y para hacer más atractivo el reestreno del Fénix de los ingenios, la bella María de Castro se había encargado de interpretar el papel de Doña Laura, bajo la atenta mirada de nuestro señor Felipe IV, gran amante de las comedias –y de las comediantas en general, y de la Castro en particular– qu...

Un amor incomprendido

 


–Huele a lluvia– Dijo mientras cerraba la puerta y el último cliente  desaparecía en la penumbra.

Hecho  la tranca para no tener sustos. Subieron las escaleras, mientras hablaban bajo para no despertar a quienes dormían y cuando casi habían conciliado el sueño  escucharon ruido  en la taberna.

Iñigo bajó primero  blandiendo su espada ella detrás con un objeto recio que era lo primero que había logrado coger. Todo volvió a quedar en silencio y entonces llamaron a la puerta, insistentemente.

–Abran la puerta a la Santa Hermandad– gritó una voz desde fuera.

Ahora fue Lola la que  candela en mano   se acercó a la puerta y la abrió mientras los mozos y las mozas que trabajaban en la casa al escuchar ruido hicieron acto de presencia.

–Buenas noches tengan vuesas mercedes, ¿que se les ofrece a estas horas?– los saludo Lola

–Han matado un hombre y estamos buscando a quien lo hizo.

–Entren que no tenemos nada que esconder en esa Santa Casa. Dos mozas, dos mozos que para mi trabajan, e Iñigo de Santa María a quienes ya ustedes conocen, dos mulas, un asno y algunas gallinas además de servidora somos lo que aquí habitamos.

La registraron  y no encontraron nada fuera de lo habitual, dieron muchas gracias y se disculparon, algunos de ellos eran habituales de la taberna. Lola cerro la tranca de nuevo. Y espero a que los pasos se perdieran en la lejanía. Apago las candelas y mando a todos a dormir.  Inspeccionaron  la bodega. Todo estaba en silencio y en su lugar.

–No entiendo como habéis podido entrar con vuestro gordo culo. Salid antes de que Lola comience a echar en falta su famoso vino.

Fray Francisco de Santa María salió de entre las sombras y abrazo a su hermano, y a la dueña de la taberna.

–Que os persiga la Santa Hermandad es nuevo…  esta vez no venís solo…. – dijo Lola mientras señalaba a quien estaba tras él.

–Este es el hermano Hernando para los hombres y la hermana MarÍa para dios y para mí Y el motivo por el que huimos es la muerte de un hombre, como dicen los de las mangas verdes.

 Bebieron vino  a la luz de la vela  mientras Francisco les fue desgranando su historia. María pertenecía a una rama secundaria de la familia Tierras Bermejas, tenía un hermano que heredaría, por lo que a ella la destinaron a la vida religiosa. Era feliz en el convento en la biblioteca como ayudante de Francisco donde se había fraguado su historia de amor prohibido.

 

Algo demasiado complejo y que los hombres no entendían. Como alguien que había nacido hombre se sentía mujer y amaba a otro hombre. Pero Francisco lo entendió y para ella era suficiente.

Pero la cosa se complicó. Cuando recibieron la noticia que su hermano Rodrigo había muerto en un desgraciado accidente. No habiendo descendencia en su persona, recaía la responsabilidad de casarse con la prometida de su hermano y tener descendencia.

María pidió un poco de tiempo a su familia para poder despedirse de sus hermanos y dejar todo atado. Ambos decidieron huir y tomar un barco a las Indias y buscar una nueva vida allí.

La noche de la huida alguien los descubrió, uno de los caballeros de su padre hacía guardia cerca de la casa de los monjes. Antes de que el desdichado pudiera decir nada  la pareja logró que perdiera el equilibrio  con tan mala suerte que al caer se dio en la cabeza y murió.

Tenían pisándoles los talones a la Santa Hermandad y a los esbirros contratados por su familia, para que la llevaran a casa. Francisco había pensado en su hermano Iñigo y en Lola como última escapatoria.

Entonces escucharon que volvían a llamar a la puerta insistentemente, con el suficiente ruido para llamar la atención de todo el barrio. Lola volvió a tomar el objeto romo y subió a la taberna preguntando quién se atrevía a llamar aquellas horas.

Mientras Iñigo se despidió de los fugitivos  dándoles algo de dinero y ofreciéndoles una huida segura. Después la que se armó en la taberna fue épica, Lola abrió la puerta: tres hombres entraron…

Iñigo con su espada, Lola con lo que encontró  y los de la casa con lo que tenían a mano  dieron cuenta de ellos, los bañaron en vino y llamaron a la Santa hermandad que como siempre  no llegaron a su hora.

Lola contó que aquellos hombres habían entrado con amenazas, que aquella noche ya habían estado buscando reyerta mientras estaba la taberna abierta, que después volvieron en busca de más y que ellos simplemente se habían defendido buenamente como pudieron.

A los maleantes se los comió la tierra y durante dos días la taberna estuvo cerrada.

Iñigo seguía ganándose la vida con su espada y escribiendo por las noches su vida en una novela y soñando que algún día  la publicaría. Lola   regentando la taberna de noche y de día estudiando para poder enseñar a otras.

A veces llegaba una carta de las Indias de la prima María y entonces soñaban con las historias que ocurrían al otro lado del mar.