En
Madrid, durante el año del Señor de 1656, el viento azota los ventanales de la
Galería del Cuarto del Príncipe, en el viejo Alcázar Real, mientras Don Diego
Rodríguez de Silva y Velázquez, se halla perfilando los últimos detalles de la
que de momento será su última obra. Permanece inmóvil ante el descomunal
lienzo. En su mano izquierda sostiene la paleta; en la derecha, el pincel
suspendido en el aire, como si la duda le hubiese perturbado de repente.
A pocos pasos, Fray Juan Martínez Grima,
un erudito dominico que sirve en la corte como confesor de los reyes, observa
la escena con respetuoso silencio. Ha acudido al taller atraído por los
persistentes rumores que circulan entre los cortesanos: se comenta que el
pintor de cámara no está ejecutando un simple retrato familiar. Un cuadro,
donde fácilmente puede esconderse la herejía, lo inconveniente, lo escandaloso.
Pero no consigue ver nada de eso, aunque algo le inquieta en la composición de
las figuras. En el orden, en la disposición, en sus posturas, en los elementos
discordantes que no encajan del todo en una escena cotidiana.
Se atreve pues a preguntar al pintor,
con el cual, mantiene una relación de respetuosa admiración.
–¿Qué es lo que verdaderamente pintáis,
Don Diego? –mientras, señala el lienzo–. En los mentideros de la Villa se
afirma que os pasáis muchas horas embebido en esta vuestra creación. A los
familiares del tribunal del Santo Oficio los tiene vos harto alterados al
imaginarse lo que no parece ser.
Velázquez no gira la cabeza. Su mirada,
absorta, continua fija en un punto indeterminado, justo en el espacio vacío
donde un posible espectador podría pararse siglos más tarde a contemplar, a
contemplarle, pues en ese momento es cierto, está dando unos toques a su
autorretrato.
–Pinto lo que veo, Padre –responde con
voz pausada–. A veces, pinto lo que está implícito en la luz.
El fraile se acerca a la pintura,
examinando los personajes con recelo. En el centro, la infanta Margarita
resplandece en su inocencia con su vestido blanco, rodeada por dos de sus damas
en actitud respetuosa. A la derecha, la enana Mari Bárbola y el joven
Nicolasito Pertusato, quien, seguramente aburrido, incordia al mastín
adormecido. Al fondo, en la penumbra, una puerta abierta recorta la silueta de
José Nieto, el aposentador de la reina, inmóvil en los escalones. Allí parecen
converger todas las líneas de fuga.
–Hay un orden profano en este cuadro –murmura
el fraile. Si se traza una línea imaginaria uniendo las cabezas y los corazones
de la infanta y sus meninas, queda representada la constelación de la Corona Borealis. Y la estrella central,
la más brillante, cae exactamente sobre la frente de la niña y se llama como
ella. ¿Desde cuándo el pintor del Rey se consagra a la astronomía?
Velázquez esboza una leve sonrisa y da
respuesta.
–La astronomía es matemática, Fray Juan,
y esta, es la lengua de Dios. Si la infanta es el centro del cielo en esta
tela, es porque ella sostiene el destino de este imperio moribundo. No busquéis
demonios donde solo hay perspectiva. También podréis descubrir la proporción
áurea de Leonardo de Pisa si sois perspicaz y no hay heterodoxia en ello.
–¿Y qué me decís del espejo? Si nos
situamos donde vos estáis, no debería reflejar a los reyes, pues ellos no están
dentro del cuarto. Para que ese reflejo sea exacto en las leyes de la óptica,
los monarcas tendrían que estar parados justo enfrente de donde nos hallamos.
–Así es –admitió Velázquez, sin desviar
la mirada.
–¡Es una osadía! –exclama el dominico–.
Obligáis en cierta manera a Su Majestad, a convertirse en el espectador de sus
propios criados. Peor aún: habéis pintado un mundo donde lo real es invisible y
lo reflejado solo es presentido.
Velázquez da un paso atrás y, por
primera vez, mira fijamente al clérigo. Sus ojos reflejan una lucidez de quien intuye que su final está
cercano.
–No es soberbia, Padre. Es la única
certeza que tenemos. Los reinos pasan, los hombres mueren consumidos en el
polvo. Solo quedan las buenas obras, el arte, los libros. En definitiva, pinto
en el aire de una estancia la luz y la sombra. Una no es posible sin la otra.
Después el conjunto lo ocupo con formas perennes.
La pintura no es oficio de artesano, es
algo más sublime. Piense por un instante que cuando los que nos precedan en el
siglo nos contemplen, a su vez, serán escrutados por nuestras miradas, la de
los que habitaremos el lienzo por siempre, haciéndonos en cierta medida,
inmortales.
Fray Juan guarda silencio, abrumado por
la profundidad de la respuesta. Comprende que no habrá juicio por posible
herejía capaz de destruir aquella obra tan sublime; la pintura misma,
considera, es un templo absoluto donde se han reescrito ciertas reglas no solo
estéticas. Da media vuelta y abandona el taller sin decir una palabra más.
Don diego Velázquez, a solas con sus
personajes, levanta de nuevo el pincel y continua pintando su propia mirada
llena de curiosidad, como indagando quién le contemplará en los siglos
venideros concentrado en su arte.
Quizá su genio visionario no solo esté
pintando el aire, el espacio y las formas, con pinceladas de luz y sombra que
dan volumen creando la ilusión de una tercera dimensión a la composición. Tal
vez, también esté pintando el tiempo.