Vine
al mundo en un pequeño establo donde mi madre, una pobre costurera de palacio,
pudo cobijarse tras sufrir los dolores de parto.
Sus únicos compañeros eran una mula y un
buey que conseguían darnos calor en aquella fría noche. Al ir creciendo mis
compañeros eran los niños de la calle con ellos jugaba a todas horas. Nunca
supe quién era mi padre y jamás le pregunté a ella por él.
Fueron pasando los años y me hice
experto en el manejo de la espada ,lo que me permitió entrar a formar parte del
gremio de «Los Archeros de la cuchilla» que tenían el privilegio de escoltar al
rey con sus armas desenvainadas dentro de palacio, custodiar los aposentos
reales y acompaña al monarca en sus viajes a caballo al exterior.
Un día estando en palacio se dirige a mí
una joven:
–¿Y vos qué hacéis por aquí ?
–Prestar servicio al Rey, mi joven dama.
¿Y vos quién sois?
La joven se aleja al oír una voz que la
reclama.
Aquel cruce de miradas con apenas unas
palabras, y un amago de sonrisa en la boca de él hizo despertar en ellos lo que
llevaban oculto en sus corazones.
Desconociéndolas consecuencias que
aquello podría acarrearles, ella lo buscó por los pasillos de palacio cuando él
sumido en su desdicha paseaba en silencio.
–Perdonar señor mi osadía, por dirigirme
a vos envuelta en mi tristeza de mujer enamorada
–Decidme bella dama, quien es el que os
hace sufrir por amor y si puedo hacer algo por vos para remediar ese
sufrimiento.
–Señor, el que tiene mi corazón afligido
por culpa de este amor es un hombre apuesto que vive ajeno a mi desdicha.
No sufráis mi bella dama, mi corazón
igual que el vuestro sufre por falta de amor y os amaría a vos si con eso
aplacaría vuestra congoja, pero se que luego ese amor podría acarrearos la
desdicha
–Si me amáis mi señor, me haríais la
mujer más feliz de la tierra y por eso no dudéis en aceptar mi cuerpo como
prueba de ese amor que os profeso.
–Mi bella dama, amémonos pues, sin
pensar en mañana, solo hoy y ahora, unamos para ello nuestras bocas con un beso
como inicio de una pasión que nos invade.
De aquel encuentro nació una pasión que
le abrasaba los corazones.
Él fue llamado a presencia del rey para
acompañarlo en un largo viaje y ella como hereda del reino fue obligada a
contraer matrimonio con un hombre al que no amaba.
Pasado el tiempo llegó a oídos de él que
su madre había dejado escrito antes de morir que su padre era el rey que en uno
de sus tantos escarceos la había poseído a la fuerza.