Corría
el año del Señor de mil seiscientos nueve. La comadre Agustina tenía ya
demasiados años, pero nadie sabía echarle la edad que supuestamente
representaba. Los más viejos aseguraban que ya era anciana cuando ellos
nacieron, y los más jóvenes no recordaban haber visto jamás a otra partera.
Agustina había recogido a más de medio
pueblo saliendo de sus madres, en partos con menor o mayor dificultad. Daba
igual si eran hijos de labradores, de pastores, de hidalgos venidos a menos o
hasta del propio alcalde. Sus manos estaban curtidas y llenas de experiencia
cortando cordones umbilicales, lavando recién nacidos y cerrando los ojos de
mujeres que no sobrevivieron al trance del parto.
Todos decían que la comadre sabía más
que el médico. Por eso, cuando llegó una extraña epidemia, fueron a buscarla.
La cosa empezó cuando un niño amaneció
con fiebre y murió cuatro días después. Luego cayó una vecina mayor, su hija,
su yerno y uno de sus nietos. Poco más tarde una mujer en mitad de su embarazo.
A aquellas alturas el cura llamaba al recogimiento y a la penitencia, y aunque
todo el mundo mantenía su fe a base de rezos, la difteria siguió mermando la
vida del pueblo.
Agustina recorría las calles de una casa
a otra con su bolsa de cuero donde preparaba infusiones, cambiaba paños
empapados en agua fresca y velaba a los enfermos durante la noche. Pero los
muertos seguían aumentando y pasó lo que suele darse en los lugares pequeños.
Cuando el miedo se instaló en los
lugareños, las susurradas suposiciones fueron tomando el control. Que si la
comadre recogía hierbas bajo la luna. Que si conocía remedios que nadie le
había enseñado. Que si murmuraba rezos extraños mientras ejercía de partera…
Pero Agustina seguía trabajando sin hacer caso a los rumores. Tenía demasiada
edad como para saber que no debía hacer caso de las habladurías.
Una tarde se topó con unas mujeres que
callaron de golpe cuando ella pasó junto al pozo de la plaza principal, y
aquello le dolió más que cualquier insulto. A todas ellas las había recibido
entre sangre y llanto, y ahora desconfiaban de ella.
A medianoche, Agustina anduvo bajo la
luna llena y se acercó al pozo por algo que había notado aquella tarde. El agua
olía diferente. Apenas un matiz, pero suficiente para despertar sus sospechas.
Así que se ató una cuerda a la cintura y descendió ayudada por un mozo que aún
creía en ella. En el fondo encontraron el cadáver hinchado de una vaca
desaparecida semanas atrás. Agustina comprendió entonces la causa de la
desgracia y fue corriendo a tocar la puerta del alcalde para informarle.
–¿Pretendes decirme que todos estos
muertos son culpa de una simple vaca?
Solo sé que es mejor que nadie beba del
agua del pozo.
–Lo que yo veo es que la enfermedad
empezó cuando tú comenzaste a visitar tantas casas sin que hubiera ningún parto
que atender.
Sus palabras la dejaron muda. Ninguno de
los vecinos que allí se encontraban habló para defenderla. Esta vez también
Agustina les conocía a todos porque les había ayudado a nacer. Aquella noche
fue la primera en la que la partera no pudo dormir por los nervios que la
recorrían. Como un mal presagio, su corazón empezó a latir de forma atropellada
hasta el alba.
Al día siguiente repicaron las campanas
para reunir al pueblo y las acusaciones estallaron como la yesca seca.
–¡Bruja! ¡Mala hierba! ¡Servidora del
demonio!
Agustina escuchaba sin decir nada por lo
agotada que se sentía. No había miedo en ella, sino tristeza. Mientras la
multitud le gritaba, observó detenidamente aquellas caras deformadas por el
miedo y la ira. Recordó sus primeros llantos y las veces que los sostuvo
envueltos en mantas. También las noches que pasó velando a sus madres. Recordó
a los niños que salvó y quienes no pudo salvar. Ahora parecía que todo lo que
Agustina había hecho por todos no fuera nada. Toda su vida era ahora una
nadería.
Cuando el cura le preguntó si tenía algo
que decir, la anciana alzó la cabeza y respondió.
–Sí –su voz áspera sonó como los goznes
de una puerta vieja–. Tengo algo que decir.
Se volvió hacia el alcalde.
–Tu padre lloró cuando naciste. Lo sé
porque fui yo quien te recibió en este mundo. Como cuando recibí a tu mujer.
Como recibí a tu madre. Como recibí a casi todos de los aquí presentes. Os vi
llegar desnudos, rojos y sin entender nada. Os lavé la sangre y os entregué a
vuestros padres.
Agustina señaló entonces hacia el pozo.
–La vaca muerta sigue ahí abajo. Si
seguís bebiendo de esa agua, seguiréis enterrando a vuestros hijos.
Después de unos instantes en el más
absoluto silencio, alguien volvió a gritar.
–¡Bruja!
Y otro repitió la palabra. Y después
otro, hasta que la plaza entera se llenó de voces y en algún momento comenzó
una lluvia de piedras a caer sobre Agustina. Murió sin saber cuál de los golpes
acabó con su vida.